365 días con San Agustín de Hipona


Y, a la verdad, si hay debajo de la luna cosa que merece ser estimada ya preciada, es la mujer buena; y en comparación de ella, el sol mismo no luce y son oscuras, las estrellas.

— Fray Luis de León

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José María Fernández Lucio

Presentación

Agustín nació el 13 de noviembre del 354 en Tagaste (Numidia) actual ciudad argelina de Souk-Ahras. Todo el norte de África estaba dividido en dos grandes zonas: la oriental, bajo el influjo de Alejandría y la occidental, bajo Cartago, romanizada. Hacía excepción Numidia, cuyos habitantes eran bereberes del desierto y por tanto poco, por no decir nada, civilizados. Su padre, Patricio, era un pequeño terrateniente que tenía que compaginar el trabajo del campo con el de empleado municipal para sacar adelante la familia. Su madre, Mónica, era una cristiana muy virtuosa que acompañará, sobre todo con la oración, el itinerario espiritual de su hijo hasta que lo vea hecho hijo de la Iglesia. El coloquio con sus hijos en Ostia, poco antes de morir ella, es una página magnífica de su hondura religiosa.

San Agustín es el hombre siempre actual porque en él se dan las grandes inquietudes humanas, el que busca y al fin encuentra el camino que puede conducirlo a aquella paz que él mismo expresó con estas palabras: «Nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que no descanse en ti». Benedicto XVI nos dice: «Su vida fue una búsqueda continua de la belleza de la fe hasta que su corazón encontró descanso en Dios» (Porta fidei, 7).

Un ejemplo de la situación en que se encontraba Agustín, en su tiempo de búsqueda, podemos hallarlo reflejado en el Sermón 346, predicado por él hacia el año 405, donde dice: «Todo hombre que aún no cree en Cristo no se halla ni siquiera en el camino; está extraviado, pues. También él busca la patria, pero no sabe por dónde ha de ir ni conoce dónde se halla. ¿Qué quiero decir al afirmar que busca la patria? Toda alma busca el descanso y la felicidad. Nadie, a quien se le pregunte si quiere ser feliz duda en responder afirmativamente; todo hombre grita que quiere serlo; pero los hombres ignoran por dónde se llega a la felicidad y dónde se la encuentra; por tanto están extraviados. Nadie que no esté en marcha se encuentra extraviado; el extravío surge cuando se inicia la marcha y no se sabe por dónde hay que ir. El Señor te reconduce al camino; al hacernos fieles, creyentes en Cristo, no podemos decir que estamos ya en la patria, pero hemos comenzado ya a caminar por el camino».

Él mismo se define con estas palabras: «He aquí mi anhelo. Soy un peregrino sediento, la sed me abrasa en la carrera, corre, pues, a la fuente, desea el agua viva. Desea esta iluminación, esta fuente, esta luz. Corre a la fuente, desea el agua viva» (Enarraciones in Psalmos 42, 1). Ardua tarea puesto que no le resultó fácil llegar a esa fuente y a esa luz, dado que tuvo que probar el fracaso de otras aparentes fuentes que, lógicamente, no saciaron su sed ni le proporcionaron la verdadera luz.

Durante su largo recorrido en busca de la verdad pasó a través de las grandes corrientes filosóficas de su tiempo: maniqueísmo, donatismo, pelagianismo. En el pelagianismo estuvo encerrado desde el 377 al 383. El motivo principal era que esta doctrina, por sus enseñanzas de las dos realidades: el bien y el mal, justificaban su vida licenciosa ya que según la misma no era él el que pecaba, sino el mal que residía en él y le eximía de su propia responsabilidad. Cuando Agustín escriba sus Confesiones descubrirá la falacia de esta herejía enfrentándose con la totalidad de sus recursos teológicos y dialécticos. Por su parte, el donatismo pretendía construir una Iglesia sin pecadores. Más tarde, cuando escriba sobre las herejías, arremeterá contra ellos y su doctrina. A su vez, el pelagianismo negaba la gratuidad del amor de Dios a los hombres. También en sus Confesiones dará un mentís a esta teoría.

Tanto él, como cualquier cristiano sabe de la gratuidad de la gracia de Dios por mediación de su Hijo Jesucristo. Ya san Pablo, escribiendo a los romanos, les había dicho: «Pues bien, Dios nos demostró su amor en que, siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros» (Rom 5,8).


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