El santo Rosario es una de esas maravillas que me fascinan de la tradición espiritual católica. Yo quisiera que todos en nuestra Iglesia fuesen muy devotos de esa oración tan PODEROSA, HERMOSA, y CONVENIENTE.

— Fernando Casanova

 

Santo Tomás de Aquino

PRÓLOGO

  1. TRES cosas le son necesarias al hombre para su salvación: el conocimiento de lo que debe creer, el conocimiento de lo que debe desear y el conocimiento de lo que debe cumplir. El primero se enseña en el Símbolo, en el que se nos comunica la ciencia de los artículos de la fe; el segundo en el Padrenuestro; y el tercero en la Ley.

   

Trataremos ahora del conocimiento de lo que se debe cumplir. Para ello tenemos cuatro leyes.

2. a) La primera se llama ley natural. Y ésta no es otra cosa que la luz del entendimiento puesta en nosotros por Dios, por la cual sabemos qué debemos hacer y qué debemos evitar. Esa luz y esta ley se las dio Dios al hombre al crearlo. Sin embargo, muchos creen excusarse por la ignorancia, si no observan esa ley. Pero en contra de ellos dice el Profeta en el Salmo IV, 6: «Son muchos los que dicen: ¿Quién nos mostrará lo que es el bien?», como si ignorasen qué es lo que se debe hacer, pero él mismo responde (ibídem, 7): «Marcada está en nosotros la luz de tu rostro, Señor», o sea, la luz del entendimiento, por la que se nos hace evidente qué debemos hacer. En efecto, nadie ignora que aquello que no quiere que se le haga a él no debe hacérselo a otro, y otras cosas semejantes.

3. b) Pero aunque Dios le dio al hombre en la creación esta ley, o sea la ley natural, el diablo sembró en seguida en el hombre otra ley, esto es, la ley de la concupiscencia. En efecto, mientras el alma del primer hombre estuvo sujeta a Dios, guardando los divinos preceptos, igualmente la carne estuvo en todo sujeta al alma o razón. Pero luego que el diablo apartó al hombre, por sugestión, de la observancia de los divinos preceptos, así también la carne le desobedeció a la razón. Y por eso ocurre que aun cuando el hombre quiera el bien conforme a la razón, por la concupiscencia se inclina a lo contrario. Y esto es lo que el Apóstol dice en Rom. 7, 23: «Pero siento otra ley en mis miembros que repugna a la ley de mi mente». Y por eso frecuentemente la ley de la concupiscencia echa a perder la ley natural y el orden de la razón. Por lo cual agrega el Apóstol (ibídem): «y me encadena a la ley del pecado, que está en mis miembros».

4. c) Así pues, por haber sido destruida la ley natural por la ley de la concupiscencia, convenía que el hombre fuese llevado a obrar la virtud y apartarse de los vicios: para lo cual era necesaria la ley de la Escritura.

5. Pero es de saberse que al hombre se le aparta del mal y se le induce al bien de dos maneras.

En primer lugar, por el temor; porque lo primero por lo que alguien principalmente empieza a evitar el pecado es la consideración de las penas del infierno y del último juicio. Por lo cual dice el Eclesiástico (1, 16): El principio de la sabiduría es el temor de Dios»; y adelante (27): «El temor del Señor aleja el pecado». En efecto, aunque el que no peca por temor no es un justo, sin embargo, así empieza su justificación.

Así pues, de este modo se aparta el hombre del mal y es inducido al bien por la ley de Moisés, y quienes la menospreciaban eran castigados con la muerte. Hebr 10, 28: «El que menosprecia la ley de Moisés, sin misericordia es condenado a muerte sobre la palabra de dos o tres testigos».


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