¡Oh amor eterno! Mi alma te requiere y te escoge eternamente.

— San Francisco de Sales

Beato Clemente Marchisio

Lucha en el Cielo

«Entonces se entabló una batalla en el cielo» (Ap 12,7)

La lucha entre los ángeles

Es verdad católica que: «Entonces se entabló una batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles combatieron contra la serpiente. También la serpiente y sus ángeles combatieron, pero no prevalecieron y no hubo ya lugar para ellos en el cielo» (Ap 12, 7-8). Es también verdad de fe que esta batalla comenzada en el Cielo continúa en la tierra. Y así como allá en lo alto la batalla tuvo origen por la encarnación del Verbo, así debemos creer que también en la tierra el Verbo Encarnado es el objetivo principal de esta encarnizada guerra.

Expliquémonos brevemente. Desde el principio de su existencia -dice santo Tomás- todos los ángeles conocieron de alguna manera el reino de Dios realizado mediante Cristo; mas no tuvieron un conocimiento completo hasta después de la prueba, y lo tuvieron solamente los ángeles buenos y no los malos.

Siendo el Verbo Eterno el sol de verdad que ilumina todo entendimiento que sale de la nada, los ángeles, como espejos de la más alta perfección, no pudieron no reflejar algún rayo de aquel sol divino del cual ellos eran las más perfectas imágenes; pero eran rayos velados. Ellos, desde el instante de su creación, conocieron que el Verbo adorable, para el cual todo ha sido hecho, sería el punto de unión entre lo finito y el infinito, entre el Creador y la creación entera, y que de esa manera establecería gloriosamente el reino de Dios sobre la universalidad de sus obras.

Conocían en germen, para decirlo en una palabra, el misterio de la unión hipostática del Verbo con la creatura, pero nada más. Y he aquí la gran prueba a que fueron sometidos los ángeles todos y que fue y es todavía «casus belli» (motivo de guerra) después de la prueba. ¿En qué consistió ésta? Ciertamente en la aceptación de algún misterio desconocido del orden sobrenatural. Esta aceptación para ser meritoria debía costar. Ella tuvo, pues, por objeto algún misterio que, a juicio de los ángeles, parecía chocar con su razón, derogar la propia excelencia y dañar su gloria. ¿Cuál fue, pues, esta prueba? Supuesta la necesidad, en sentido católico, de la unión hipostática del Verbo con la creatura, Lucifer, que se contaba entre las criaturas más perfectas, entre los ángeles más luminosos, esperaba para sí mismo esta unión hipostática; le pareció que la merecía y que podría así elevar hasta el trono de Dios -a la derecha del Eterno Padre- a él mismo y a la naturaleza angélica. Por eso, cuando Dios manifestó y propuso creer en el dogma de la encarnación, o sea, de la unión hipostática del Verbo divino con la humanidad, Lucifer y los ángeles de su partido protestaron. Se comenzó la lucha y Lucifer dijo: «Se quiere humillar mi trono; yo lo levantaré sobre los demás. Yo me sentaré sobre el monte de la Alianza al costado del Aquilón. Yo y ningún otro será semejante al Altísimo». Y entonces San Miguel («¿Quién es cómo Dios?») y sus ángeles combatieron contra el dragón, y Lucifer y sus partidarios se vieron transformados en demonios horribles y fueron precipitados en los abismos de aquel infierno que su propio orgullo había excavado. El pecado y la expulsión fueron instantáneos, como dice santo Tomás, pero el odio será eterno: «Al mismo tiempo fue el pecado del ángel, la persuasión y el consentimiento, como es todo instantáneo el encendido de una lámpara, la iluminación del ambiente y la visión de las cosas».


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