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Raimundo de Capua

De los padres de Catalina y su condición social.

Vivía en la ciudad de Siena, en Toscana, un hombre llamado Jácomo, descendiente de la familia de los Benencasa, un hombre sencillo, leal, temeroso de Dios y cuya alma no estaba contaminada por ningún vicio. Después de haber perdido a sus padres casó con una aldeana llamada Lapa, mujer que no tenía ninguno de esos defectos tan comunes en la actualidad. Era trabajadora, prudente y conocedora de las cosas del hogar; como todavía vive, aquellos que la conocen pueden dar testimonio de sus cualidades. El matrimonio vivió en paz y aunque de clase humilde, gozó de cierta posición entre sus conciudadanos, disfrutando, además, debienes de fortuna superiores a su categoría social. Dios lo bendijo con numerosa descendencia que ambos cónyuges se encargaron de guiar por los caminos de la virtud.

Como Jácomo -tenemos muchas razones para creerlo -se encuentra gozando de la bienaventuranza, bien puedo yo aquí hacer su elogio. Lapa me ha asegurado que era de condición tan pacífica y tan moderado en sus palabras, que jamás lo vio enojado a pesar de haber sido muchas las ocasiones en que pudo haberlo estado; y cuando algún miembro de su familia daba muestras de estar dominado por la pasión de la ira y se expresaba con palabras violentas, él siempre trataba de calmar a esa persona diciéndole alegremente: «Vamos, vamos; no digas nada malo, y así podrá Dios darte su ben

dición».

Habíale en cierta ocasión un conciudadano suyo injuriado gravemente reclamándole una suma de dinero que él no le debía, y, empleado la influencia de sus amigos para arruinarle. A pesar de esto jamás quiso que en presencia suya se hablase mal de aquel hombre y, como Lapa manifestase en una oportunidad que eso no era una falta, él le reprochó dulcemente: «-Déjale, querida, en las manos de Dios; el Señor le hará comprender su error y acudirá en nuestra defensa». Pronto tuvieron realización estas palabras; la verdad se descubrió de una manera casi milagrosa; el culpable fue condenado y se reconoció la injusticia de sus acusaciones.

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