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Dominicas de la anunciata

Catalina de Siena experimentó verdadera pasión por la teología. Era teóloga por naturaleza, como lo testimoniaba el Beato Raimundo de Capua, que fue quien más de cerca y más íntimamente le trató en los años de plenitud espiritual: 

«En el tiempo en que le conocí, si hubiera encontrado personas inteligentes con quien hablar, seguro que hubiera permanecido cien días y cien noches sin comer ni beber, conversando con ellos sobre Dios. De esto no se cansaba nunca; incluso le ponía más fresca. A menudo me decía que no encontraba en esta vida mayor alivio que el de hablar y razonar sobre Dios con quien supiera hacerlo; nosotros, los que tratábamos con ella, lo sabíamos por experiencia. En efecto, se veía bien que cuando podía hablar de Dios y razonar sobre las cosas que le importaban, aparecía más joven, robusta y jovial, y que cuando no podía hacerlo se volvía débil y casi perdía el aliento.

«Esto lo cuento en honor del Señor Jesucristo, su eterno Esposo, en alabanza suya y para mi confusión. Hablando conmigo de Dios y razonando profundamente sobre sus altísimos misterios, sucedía en ocasiones que lo que decíamos se alargaba y yo, muy lejos de su espíritu y cargado con el peso de la carne, me dormía. Ella, en cambio, mientras hablaba seguía absorta en Dios y continuaba discurriendo sin darse cuenta de que yo me estaba durmiendo; cuando se daba cuenta, alzando la voz me despertaba diciendo: “Buen hombre, ¿por el sueño quiere perder lo que es útil para su alma? Estoy hablando de Dios con usted o con un muro?”»[1]. 

Bien puede afirmarse que recibió una catequesis temprana acerca del Espíritu Santo, desde la tradición tomista, por medio de la predicación que seguía con avidez en la iglesia de Santo Domingo de su ciudad natal, a muy pocos metros de su propia casa. Participaba en la celebración del misterio de Cristo en la liturgia y, con frecuencia, las reflexiones a partir de los textos de la Sagrada Escritura o, sencillamente, de la recitación del Credo, derivaban en una exposición acerca de la naturaleza y misión del Espíritu en la Iglesia. El tema se abordaba de lleno en torno a la pascua de Pentecostés, y en otras festividades, como la Ascensión del Señor a los cielos, o en celebraciones a lo largo de año, porque en la liturgia dominicana, desde el comienzo, se incorporó la misa votiva del Espíritu Santo[2]. 


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