Morir antes que pecar.

— Santa María Goretti

Andre Louf

Introducción

EN todas partes los hombres tienen hambre de oración.

No es que carezcan de estudios teológicos sobre la oración porque los hay excelentes. Pero, ¿dónde encontrar testimonios? A nadie le gusta hablar de sí mismo. Además, la oración procede de una zona interior de la que se habla poco: la mayoría todavía no ha bajado a esa profundidad.

Sabemos tan poco de nosotros mismos, tan poco de nuestro cuerpo, y menos todavía de la vida invisible en nosotros. Vivimos en nuestras propias fronteras, en la superficie, a nivel de la propia epidermis. Mientras que en nuestras profundidades todo un terreno insospechado queda sin cultivar.

Del celibato Jesús dijo: «El que pueda entender, que entienda.» De la oración también habría que decir: nadie puede comprenderla, si no le ha sido concedida. Nadie puede conquistarla. No se la compra como una mercancía. No se la comunica como un saber. Es como tratar de explicar el sabor del mangó a quien jamás lo ha saboreado.

Hablar de la oración, supone que se testimonia de ella. El testimonio no prueba nada, ni refuta ni convence. El testimonio hace, o no, impacto. No tiene alcance más que si halfa eco en el otro, si hace brotar en él algo así como, un armónico.

Este libro quisiera ser un testimonio. Durante mucho tiempo, el autor ha escuchado a hombres de oración, de antes y de ahora. Ha intentado reunir el cogollo de su experiencia y de traduciría a un lenguaje sencillo y actual. ¿Dirá algo nuevo, inédito? Quizá, pero en todo caso, sin cesar se apoya en los datos de una larga tradición. Apenas se encontrará el vocabulario usual de los últimos siglos, pero los antiguos autores monásticos se citarán con abundancia porque el autor es un monje. En un contacto cotidiano con la biblia, palabra de Dios, y con los Padres de la Iglesia, el monje vive simplemente de oración. Trabaja, duerme y come como todo el mundo. Pero todo cuanto hace está orientado hacia la plegaria. Si vive en la soledad y en el silencio, es por la oración. Trata, con sobriedad, de proveer a su subsistencia y todo el tiempo libre que le queda lo consagra a la oración, a buscar sin cesar la faz de Dios. Aquí está su único descanso. También aquí radica su tarea esencial Únicamente en la oración el monje es perfectamente él mismo: hombre-para-los-hombres y hombre-para- Dios. Hombre-en-nombre-de-los-hombres y hombre-ante-la- faz-de-Dios.


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