Todo el bien que hagamos, hay que hacerlo por amor a Dios, y el mal que evitemos hay que evitarlo por amor de Dios.

— San Francisco de Sales

M. Raymond O.C.S.O

INTRODUCCIÓN

La Hermana Superiora dejó el libro cuidadosamente. Era una «Vida de San Bernardo de Clairvaux». Después, con tono de reproche, exclamó:

—¡Ya le daría yo una buena a ese autor!

Su Hermano la contempló con un guiño divertido, y exclamó a su vez:

—¡Vaya expresión y vaya tono, Hermana! ¿Qué es lo que le parece mal del libro?

—El autor ha convertido a un santo de Dios en cualquier cosa menos en un santo. Ha tomado las tonterías infantiles y la extrava­gancia del noviciado de Bernardo, y ha escrito sobre ellas como si se tratara de los hechos heroicos de un santo. Escuche usted esto.

Y tomando el libro, pasó rápidamente unas cuantas hojas, leyendo a continuación:

«Era tal la heroica modestia de sus ojos, que al cabo de un año de noviciado no sabia cuántas ventanas había en la capilla… » ¡Qué tontería! ¿Y quién lo sabe? Yo he sido novicia dos años; he vuelto al noviciado todos los veranos durante veintidós años, y ahora mismo no sabría decirle cuántas ventanas hay en nuestra capilla. Pero nadie me atribuirá nunca la heroica modestia de los ojos, y no creo que nadie me canonice. Por lo menos —añadió con una sonrisa— por ahora.

No —rió su Hermano—, por ahora, no. Pero, vamos a ver, ¿no le parece ese detalle demasiado insignificante para condenar por él todo un libro? Admito que demasiados autores de vidas de santos, desconociendo íntimamente la vida religiosa o la espiritual, come­ten errores semejantes. Pero ¿va usted a poner ese libro en su lista negra sólo a causa de esa tontería?

—¡Oh!, eso es sólo un ejemplo—repuso la Hermana—. Todo el libro me molesta. Dice lo que hizo Bernardo, no lo que fue.

—Pero Hermana, usted no debe nunca olvidar su filosofía «agere sequitur esse». (Dime lo que hace un hombre o una mujer, y te diré lo que son.)

—En absoluto —respondió rápidamente la Hermana—. Mientras el mundo sea mundo, habrá escribas y fariseos, publicanos y pecadores; y si sólo sabemos lo que hacen, nunca sabremos lo que son. Porque si yo interpreto debidamente mi Nuevo Testamento, muchos de los escribas y fariseos eran los más grandes pecadores, mientras que algunos de los publicanos y pecadores se convirtieron en verdaderos santos. ¿Comprende usted, Padre? Son demasiados los autores que no aciertan exactamente con el punto en que estriba la santidad. Escriben como si se tratase de algo exterior, relatan las maravillas que el santo realizó, hablan interminablemente de los milagros que obraron y parecen proclamar constantemente que eran santos a causa de aquellas maravillas.

—Es que ¿no admite usted, Hermana, que los milagros son el sello de la aprobación divina?

Claro que sí. Pero haga el favor de comprender mi punto de vista. Ustedes, los teólogos, establecen toda la cuestión con una clara distinción entre «gratiae gratis datae» y «gratiae gratum facientes». Pero sin emplear el latín, le diré que los milagros pueden mostrarme al santo, pero no cómo llegó a ser santo, que es precisamente lo que yo quiero ver. Lo que me intriga no es el resultado de un proceso, sino el proceso en sí; porque como usted comprende, mi tarea no es ser santa, sino llegar a serlo. No creo que esto le resulte excesivamente paradójico.


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