Los creyentes de todas las religiones, junto con los hombres de buena voluntad, abandonando cualquier forma de intolerancia y discriminación, están llamados a construir la paz.

— San Juan Pablo II

 

André Vauchez

INTRODUCCIÓN

Catalina de Siena (1347-1380) no es, en nuestros días, una santa muy conocida fuera de la orden dominicana y el mundo reducido de los historiadores de la espiritualidad medieval. Cuando se la menciona, a menudo es solo para decir que era una gran mística y que desempeñó un papel importante en el regreso del papado de Aviñón a Roma, en 1378. En vida, apenas llamó la atención de sus contemporáneos, fuera de la Toscana y de Roma, lugares en los que transcurrió su corta vida. De hecho, no llegó a ser célebre hasta después de su muerte, a través de sus escritos. El papa Pío II la canonizó en 1461, pero hubo que esperar hasta la segunda mitad del siglo XIX, cuando médicos y psicólogos comenzaron a interesarse por el fenómeno de la estigmatización y a discutir sobre esta cuestión entre creyentes y librepensadores, para que se despertara el interés por Catalina y otras visionarias de la Edad Media, como Hildegarda de Bingen y Ángela de Foligno. Solo en nuestra época se han multiplicado las investigaciones y los estudios que se le han dedicado y que nos han permitido comprenderla mejor, aunque sin llegar a hacer de ella una santa popular.

   

Hay para ello varias razones, y la primera es sin duda que Catalina de Siena no es, de inmediato, un personaje muy atractivo. En el prefacio de la primera biografía de la santa (escrita en 1915), Johannes Joergensen, un escritor danés convertido al catolicismo, escribía sobre esta cuestión: «Para ser sincero, debo confesar que en un principio experimentaba menos simpatía por Catalina de Siena que por Francisco de Asís. Hay en la naturaleza enérgica de la sienesa cierto espíritu de dominación, un elemento de tiranía que me desagradaba». Asimismo, Louis Canet, en 1948, inicia su estudio sobre la experiencia espiritual de la santa con la siguiente observación: «Catalina de Siena no es para nada agradable. Le han sido negados el entusiasmo, la fantasía, la gracia, que tanto encanto dan a santa Teresa de Ávila. Espíritu no le falta, pero es agria».1 Suscribo de buen grado esas reacciones porque también las he compartido. Aunque el testimonio de sus discípulos nos muestra hasta qué punto estaban subyugados por su influencia, la manera en que siempre se presenta Catalina acaba por agotar, mientras que su incomprensión ante determinados hechos de su tiempo y su angelismo en el terreno político y religioso suscitan en el lector más dispuesto asombro y a veces malestar.

No obstante, es preciso superar esta primera impresión y no dejarse confundir por esta personalidad tan impulsiva como imperiosa. Catalina de Siena merece ante todo atraer toda nuestra atención porque es la primera mujer de la Edad Media de la que disponemos de una muy abundante documentación, empezando por sus propias obras. Después, ha sido víctima, en el transcurso de los siglos, de malentendidos y juicios prematuros que a menudo nos impiden comprenderla: así, se le ha atribuido el mérito ––o el error, según la época–– de hacer regresar a Roma al Papa de Aviñón, algo muy discutible, como veremos; o bien se ha focalizado la atención —con un cierto voyerismo— en sus «estados místicos» (éxtasis, estigmatización, levitación), de los que poco habló ella misma en sus escritos y que no constituyen más que el reflejo más llamativo de su experiencia religiosa íntima. En la actualidad, esos aspectos de su vida no son los que más interesan y a veces hasta nos impiden captar dónde reside la verdadera grandeza de esta mujer excepcional.


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