Quien no ha tenido tribulaciones que soportar, no ha comenzado a ser cristiano de verdad.

— San Agustín

Luis Suárez Fernández

PRESENTACIÓN

Fernando de Aragón, que ciñó esta corona como el II de este nombre y la de Castilla con el numeral V, gozó durante casi cinco siglos de una favorable opinión unánime que le presentaba como el monarca español más importante, creador de la monarquía española que era, en opinión de algunos cronistas de su tiempo, restaurador de aquella que se perdiera el 711. Por esta misma causa surgen ahora críticas contra su persona y su obra, presentándole como quebrantador de «libertades» en los reinos que entraban a formar parte de la Unión, y también los enormes gastos que en sus últimos años hubo de afrontar especialmente para defender los condados pirenaicos ante el ataque francés. Tal vez sería oportuno comenzar por la valoración primera, la de su esposa Isabel que, puesta en trance de muerte, donde la mentira no tiene lugar, en esa confidencia que tuvo con el secretario Gaspar de Gricio, en uno de los intervalos durante el dictado de su testamento, afirmó entonces su convicción de que el mejor regalo que de Dios recibiera era precisamente aquel marido al «que consideraba el mejor rey de España». Por otra parte, la valoración que se otorga a la reina, justa a todas luces, ha servido a veces para proponer una disyuntiva entre ambos. La documentación no permite tal cosa, aunque es evidente que en determinados asuntos tuvieron opiniones diferentes, pero que conducían siempre a una decisión única.

¿Hay algo de soberbia en esta valoración recíproca, pero no sin cierta lógica? Probablemente Fernando, si hubiera podido conocer los juicios negativos de autores contemporáneos, se habría quedado sorprendido: la cohesión lograda en la Unión de reinos, cuya estructura cuidadosamente conservó, el incremento de autoridad —un bien según el juicio de la época a diferencia del poder que es sólo mal menor necesario—, la ampliación de territorio y, con ello, la restauración económica de Cataluña, como la unidad religiosa lograda, significaban ventajas. No puede olvidarse la radical supresión de las reliquias de servidumbre para edificar una comunidad política libre, dotada de esos tres derechos naturales, primeros que se enunciaron, vida, libertad y propiedad, pretendiendo extenderlos a América. El 1 de enero de 1512, en instrucciones al secretario Pedro de Quintana, que emprendía viaje a Alemania, Fernando llegó a decir de sí mismo que «en setecientos años, nunca la Corona de España estuvo tan acrecentada ni tan grande como ahora… y todo, después de Dios, por mi obra y mi trabajo».

Prescindiendo de algunas preferencias actuales, en que se deslizan motivos políticos, Fernando, que aparece siempre íntimamente ligado a su esposa, fue creador y primer titular de la estructura que llamamos monarquía católica española por ser éstas las tres dimensiones esenciales, aunque en su forma de gobierno era Unión de Reinos, como ya lo fuera antes la Corona de Aragón. Al final de su vida estos reinos eran Castilla, Navarra, Aragón, Cataluña —que prefería seguir titulándose Principado—, Valencia, Mallorca, Cerdeña, Sicilia y Nápoles, preparándose ya, de acuerdo con la decisión por él mismo tomada en Burgos el año 1512, el ingreso de otros americanos. Dicha Unión significaba un avance político, pues ordenaba la potestad en dos niveles, el superior, único, que es la Corona, y el inferior que permitía a cada reino administrarse de acuerdo con sus usos y costumbres. Lo que no se daba era una duplicación de funciones: las que competían a la Corona no podían ser asumidas por cada reino en particular.


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