Las más amargas tristezas son dulzuras en su adorable Corazón, donde todo se cambia al amor.

— Santa Margarita María de Alacoque

Segundo Galilea

Crecimiento y crisis

Este proceso de crecimiento —al que solemos llamar vida o espiritualidad cristiana— no es arbitrario ni anárquico. Sigue las condiciones de crecimiento en el ser humano: va progresando por etapas, va madurando, según el ritmo propio de cada persona. Igual y análogamente a otros aspectos de la vida humana, en el desarrollo espiritual no se crece sin pasar por crisis, pues toda maduración supone purificar nuestros valores, tomando conciencia de nuestras ambigüedades en la manera de vivirlos. Superar una crisis es madurar. Pues así como no alcanzamos la edad adulta sin pasar por las crisis de la adolescencia y la juventud, no alcanzamos una madurez de espíritu sin pasar por diversas crisis.

   

¿Por qué las crisis son necesarias, tanto en el crecimiento humano como de la fe? O mejor, ¿cuál es el fruto de las crisis? El fruto de las crisis que hemos superado, va a ser siempre una mayor libertad interior, y la libertad interior es un componente esencial de la madurez espiritual. Sucede que en las etapas que se van sucediendo en el progreso del espíritu, nosotros hemos ido construyendo una cierta síntesis de los valores que procuramos vivir: la forma en que los practicamos, las motivaciones que los inspiran, su lugar en nuestra escala de valores. Las crisis —o el período de crisis— no es otra cosa que el período de transición entre una etapa y la que sigue. Llega un momento, en una determinada etapa, en que ya sea por influencias, experiencias o crecimiento interior, llegaron a una situación en la cual la síntesis en que nos hemos estado apoyando nos resulta insuficiente… Esta situación es una llamada a construir otra síntesis mejor, que va a corresponder a una etapa superior a la anterior. El período que transcurre entre el abandono de la primera síntesis y la construcción de una síntesis mejor, corresponde al período de la crisis.

Vemos así que las crisis son cambios que se realizan en la conciencia durante la transición entre dos síntesis.

Mientras más nos cueste construir la nueva síntesis, más se acentúa o prolonga la crisis. Una crisis se supera al lograr una nueva y mejor síntesis, y tiene resultados negativos cuando se abandonan los valores de la síntesis anterior sin recuperarlos en una síntesis más libre y madura.

Las síntesis que hacemos de nuestros valores —no los valores mismos— siempre serán provisorias. Una vida cristiana sin crisis, aparentemente muy estable, donde nada se pone en cuestión, es sospechosa de inmadurez y de falta de libertad interior. Es una vida cristiana que no crece.


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