San Josemaría Escrivá: Crónica de un sueño


El hombre no reza para dar a Dios una orientación, sino para orientarse debidamente a sí mismo.

— San Agustín

José Luis Olaizola

Presentación: Josemaría Escrivá, hombre de contrastes

Pilar Urbano

Cuando afronté la biografía de Josemaría Escrivá de Balaguer, El hombre de Villa Tevere, mi inquietud interior era si habría o no habría «hombre»; si tendría que encararme a un héroe de la virtud, muy sublime pero sin encarnadura. A medida que exploraba, iba saliéndome al paso un protagonista de carne y hueso. Ciertamente, estaba ante un héroe cristiano; pero un héroe sin epopeya y sin aureola: un héroe de la cotidianidad, de lo común y corriente, de «lo tan real, hoy lunes». Un héroe todoterreno. En algunos momentos, creí estar simplemente ante un cura, un cura pelao. Así lo decía él mismo al doctor Hruska, su dentista, que al trajinar en sus maltrechas muelas le instaba: «monsignore, quéjese, dígame si le hago daño». A lo que contestaba: «¡Haga, haga lo que necesite! No se preocupe por mí, doctor, ¡yo solo soy… un cura!».

Un cura sin parroquia, pero con feligresía por los cinco continentes. Un cura chapado a la antigua, con las devociones tradicionales de nuestros abuelos; y sin embargo tan anticipativo que, cuando expuso su doctrina en el Vaticano, le dijeron: «llega usted con cien años de adelanto». Un cura bienhumorado que llamaba a su sotana «esta funda de paraguas»; pero que al ir a ponérsela cada mañana la besaba. Un clérigo que se movía con más soltura por las calles de Madrid, de Roma o de Londres que entre rancias penumbras de sacristía. Un clérigo paradójico que se definía «anticlerical», porque rechazaba cualquier privilegio o trato de favor que se le quisiera dar por su condición de eclesiástico.

No necesité romper ninguna estatua para tocar la humanidad que palpitaba bajo aquella sotana. Un sacerdote que se estremecía tanto al consagrar el pan y el vino como al recibir noticias de la invasión soviética de Checoslovaquia. Un hombre que firmaba al pie de sus cartas «el pecador Josemaría», y que leyendo el periódico lloraba con lagrimones por los pecados del mundo. Ese era mi personaje: «Un pecador, eso soy; pero un pecador que ama con locura a Jesucristo». Un buen pecador, pues. Un santo. Un santo con sangre en las venas. Un hombre: mestizaje de barro y de gracia, tierra sagrada de miserias y de misterios.

El hallazgo más inesperado en mi investigación fueron los contrastes. Su talante, sus virtudes, sus actitudes vitales aparecían siempre en tándem de valores contrapuestos, pero no contradictorios. Como los bornes terminales de dos hilos conductores: allí había siempre una carga de electricidad. El Escrivá brioso y emprendedor era a la vez un Escrivá enfermo en quien el alma tenía que tirar del cuerpo al final del día. El Escrivá alegre, bromista, con la canción a flor de labios era también el Escrivá asceta, mortificado, ayunador. El Escrivá que desarrollaba extenuantes jornadas de viajes sin un minuto de ocio, y para quien descansar significaba «trabajar en otra cosa», era a la vez un Escrivá sin planning ni reloj: «mi planning está en las manos de Dios»; «no necesito reloj: detrás de una cosa viene otra»; «no tengo tiempo de pensar en mí». El Escrivá que subía a predicar a los escenarios, y cuyo magnetismo percutía y arrastraba muchedumbres, era el mismo Escrivá empeñado en su propio eclipse: «ocultarme y desaparecer, eso es lo mío: que solo Jesús se luzca».


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