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EDITH STEIN

Cómo llegué al Carmelo de Colonia

Muchas veces se oye la propuesta de no mencionar los convertidos al catolicismo para no herir susceptibilidades, y no entorpecer el ecumenismo o el diálogo interreligioso. Con motivo de la canonización de Edith Stein un coro de protestas se levantó de algún sector del judaísmo, e incluso alguno llegó a decir: "Es un premio a la apostasía". 

Creemos que no es ésta una actitud adulta.

Los convertidos son, en general, personas especialmente aptas para el trabajo del verdadero diálogo, por su conocimiento no sólo intelectual sino también experimental de las partes que buscan dialogar. Y por su amor común a ambas partes.

Presentamos este pequeño escrito de Edith Stein, en el que explica como su ingreso en el Carmelo, lejos de ser una muestra de su desinterés por su pueblo -el hebreo- fue un acto de amor y ofrecimiento para unirse a la cruz que su pueblo tuvo que cargar en esos terribles días.

Dos días antes de partir vino a visitarme su padre (Hans Biberstein). Era grande el apremio que le movía a exponerme sus reparos aunque no se prometiera ningún resultado. Lo que yo quería realizar acentuaba agudamente la línea de división con el pueblo judío, que por entonces estaba tan oprimido. El no podía comprender que la misma cosa fuera de otra manera muy distinta desde mi punto de vista.   

La incomprensión la acompañó en su momento, pero su amor fue más grande, al punto de sacrificarse por aquellos que no la entendieron. Cómo Dios aceptó su ofrecimiento, es algo que ya sabemos: mártir de Cristo por amor al pueblo hebreo.

Quizás, después de Navidad, abandonaré esta casa. Las circunstancias que han hecho necesario mi traslado a Echt (Holanda), me recuerdan vivamente las condiciones del momento de mi entrada. Una profunda conexión existe entre ellas. 

Cuando a principios del año 1933 se erigió el “Tercer Reich”, hacía un año que era profesora en el Instituto alemán de Pedagogía en Münster de Westfalia. Vivía en el “Collegium Marianum” en medio de un gran número de estudiantes religiosas de distintas congregaciones y de un pequeño grupo de otras estudiantes. Cariñosamente atendida por las religiosas de Nuestra Señora. Una tarde de Cuaresma regresé tarde a casa de una reunión de la Asociación de Académicos católicos. No sé si había olvidado la llave o estaba metida otra llave por dentro. De todos modos no pude entrar en casa. Con el timbre y con palmadas traté de ver si alguien se asomaba a la ventana, pero fue inútil. Las estudiantes que dormían en las habitaciones que dan a la calle estaban ya de vacaciones. Un señor que pasaba por allí me preguntó si podía ayudarme. Al dirigirme hacia él, hizo una profunda reverencia y dijo: “Srta. Doctora Stein, ahora la reconozco”.

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