Dios traza un destino para cada alma y les encomienda una misión, si esta no se cumple el creador estaría decepcionado.

— Santa Juana de Arco

 

Miguel Ángel Fuentes, I.V.E.

Por qué escribir sobre la castidad?

Hay que escribir sobre el tema porque hace falta.

   

Durante muchas décadas los grandes errores sobre este tema han venido relacionándose con S. Freud; como si él tuviese la cul­pa de todos los enredos en este ámbito. Y no hay duda de que debe caberle una gran parte de la responsabilidad en la sexualiza- ción (es decir, genitalización) de la cultura contemporánea. Pero Freud también fue parte de un tiempo y un movimiento que que­ría prestar oídos a doctrinas como la suya. La culpa no es toda del predicador, aunque lleve la mayor parte; si tanto falló el discerni­miento de sus oyentes, por algo habrá sido. Considero que Freud enseñó lo que muchos querían oír, y que el mundo occidental ve­nía pudriéndose de mucho antes; el célebre psiquiatra aportó el catalizador que aceleró el proceso.

Algo semejante ocurre en nuestro tiempo, caldo de cultivo de las más trastornadas doctrinas… que muchos quieren oír. Por eso, con el terreno preparado por el cine y la literatura New Age, y los oídos (y las almas) acostumbrados al desenfreno y a la necedad por el hedonismo y el relativismo, hemos llegado al punto que muchos de nuestros contemporáneos no se sorprenderían si la próxima semana el planeta amanece gobernado por extraterres­tres, o si encuentran el difunto espíritu de algún ilustre antepasado desayunando en su cocina. Esto, dentro de todo, es parte de la ensalada que reciben cada día a través de los medios. En cambio, quedarían atolondrados, fastidiados y molestos si alguien intenta hablarles de castidad o pureza. ¡No son tiempos, estos, de zonce­ras! Es la virtud exiliada.

El destierro de esta virtud ha llegado a la misma educación in­fantil. Lo demuestra el hecho inauditamente doloroso de constatar que ya no luchamos para impedir el aborto o la esterilización en la sociedad, sino para que los padres conserven el derecho de decir­les a sus hijos que sean virtuosos, o de modo más crudo pero no irreal: que sus maestros no les enseñen que fornicar está bien, o les instruyan cómo hacerlo sin tener hijos (por justicia habría que añadir también que muchos maestros y profesores honestos están en el lado correcto de la batalla, y no quieren ser obligados por las autoridades superiores a cooperar en esta verdadera deformación de las conciencias de sus alumnos). Muchos gobiernos pelean ac­tualmente como energúmenos para imponer —con una fuerza e intolerancia tan proverbial como la de los más renombrados totali­tarismos históricos— una educación que convenza a la niñez y a la juventud de que ser castos es anormal y enfermizo; y que lo nor­mal es ser un sinvergüenza (respetando el sentido etimológico de la palabra) y llevar una libertad sexual exenta de límites morales y de consecuencias sociales (es decir, embarazos) y sanitarias.

En esta época que tanto exalta a los “jóvenes idealistas” del pasado, y que si realmente hubiesen sido tales, habrían debido encauzar su idealismo a mejores puertos, me tomo el atrevimiento de dirigir estos pensamientos a los muchos jóvenes y adultos que aún en nuestros días no han perdido la capacidad de forjar en sus corazones un ideal sublime. A ellos quiero decirles que la castidad es posible y es necesaria; además, es cautivante.


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