La joven de carácter

Mons. Tihamér Tóth

CAPÍTULO PRIMERO

¿CUAL ES LA JOVEN DE CARACTER?

I. —La leona sin lengua

Cuenta la tradición griega que cuando Harmodio y Aristógiton conspiraban contra los tiranos Hiparco e Iípias, una mujer, Lena, tomó parte en sus proyectos; y, para escapar a la tentación de traicionar a sus cómplices con una sola palabra, se cortó la lengua con sus propios dientes. De haber sido cristiana habría impetrado del cielo la fuerza necesaria para resistir a la tortura; mas no siéndolo, hizo imposible su debilidad con un defecto físico.

Los atenienses quisieron recordar este hecho a todas las edades y la representaron bajo la figura de una leona sin lengua. ¡Así era el carácter pagano!

Pues, ¿cuál tendrá que ser el carácter cristiano?

No se puede pedir que todas las mujeres sean ricas; ni que todas sean ilustradas, tampoco que todas sean bellas; pero sí de todas podemos exigir que tengan carácter.

A pocas les es dado conquistarse admiraciones. Son pocas las que ciñen en sus sienes corona real. Pero tomar posesión del reino del alma lleno de riquezas, y colocar sobre nuestra frente la corona del carácter varonil, es un deber santo, sublime, que toda mujer debe cumplir. Toda mujer sin excepción. Muchas no lo cumplen. Pero tú, hija mía, lo cumplirás, ¿verdad?

Mas el carácter no es un «premio gordo», que se puede sacar sin méritos.

El carácter no es un apellido de alta alcurnia, que se hereda sin trabajo.

El carácter es el resultado de la lucha ardua, de la autoeducación, de la abnegación, de la batalla espiritual sostenida con virilidad. Y esta batalla ha de librarla cada uno por sí solo, hasta que venza.

Magnífico resultado de la lucha será tu carácter. Lo que significa esta palabra quizá no lo comprendas por completo en este momento. Pero llegará el día en que se descubra ante el divino acatamiento la obra cumbre de tu vida y se muestre, en su sublimidad sin par, tu alma en que tanto has trabajado; entonces se te escapará el grito de entusiasmo, como a Haydn cuando oyó su obra intitulada Creación: «¡Dios mío!, y ¿ soy yo el autor de esta obra?»

Homines sunt voluntates, dice con frase lapidaria y admirable San Agustín: «el precio del hombre es su voluntad».

De día en día crece el número de convencidos de que la escuela actual dedica cuidados excesivos a la cultura de las jóvenes y olvida demasiado la formación del carácter, de la fuerza de voluntad de la joven. Triste realidad: en la sociedad de las mujeres maduras abundan también más cabezas adornadas y emperifolladas que temples de acero; hay más vanidad que carácter. Y, sin embargo, el basamento de un Estado, su piedra fundamental, no es la belleza, sino la moral intacta; no es la riqueza, sino la honradez; ni la veleidad, sino el carácter.


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