El fin del mundo y Los Misterios de La Vida Futura


No podemos obligar a un hombre a seguir el camino de Dios, y menos emplear la violencia; sería el preludio del ateísmo o de, al menos, una creencia involuntaria.

— San Agustín

Charles Arminjon

Al lector

Querido lector,

Me parece que uno de los frutos más tristes del racionalismo, el error fatal y la gran plaga de nuestro siglo, la fuente pestilente de la que manan nuestras revoluciones y desastres sociales, es la ausencia de espíritu sobrenatural y el profundo olvido de las verdades de la vida futura. La tierra sufre una espantosa desolación porque la mayor parte de los hombres, fascinados por la atracción de disfrutes pasajeros, absorbidos por sus intereses mundanos y por la preocupación de sus asuntos materiales, ya no dedica sus pensamientos a las grandes consideraciones de la fe y rechazan obstinadamente recogerse en su corazón. Puede aplicarse a nuestras generaciones contemporáneas lo que el profeta Daniel decía, en su tiempo, de los dos viejos de Babilonia: “Han perdido la cabeza y han desviado sus ojos para no ver el cielo y acordarse de los justos juicios de Dios”. Et everterunt sensum suum, et declinauerunt oculos suos, ut non viderent coelum, nec recordarentur judiciorum justorum.

Las dos causas de esta espantosa indiferencia y de este letargo profundo y universal son evidentemente la ignorancia y el amor desenfrenado a los placeres sensuales que, oscureciendo el ojo interior del alma humana, reducen todas sus aspiraciones al ámbito estrecho de la vida presente y le impiden contemplar la perspectiva de las bellezas y las recompensas futuras. Ahora bien, puesto que los sabios han constatado siempre que los contrarios se curan por la aplicación de contrarios, me ha parecido que el remedio más eficaz para combatir con seguridad el mal inveterado del naturalismo era una exposición clara, neta, precisa y sin mengua, de las verdades esenciales referentes a la vida futura y al inevitable fin de los destinos actuales del hombre.

Puede ser que se me acuse de expresar algunas afirmaciones con una claridad demasiado brusca y cruda y de abordar los puntos más serios y más temibles de la doctrina cristiana sin atenuaciones ni moderaciones que los harían más soportables a los prejuicios o a la flaqueza de ciertas almas poco familiarizadas con consideraciones tan graves, a la manera en que un médico dosifica con cuidado la luz para no dañar con el exceso de resplandor los ojos doloridos de un amigo enfermo. Pero en el orden religioso y sobrenatural los fenómenos y los efectos que se producen en las almas son a menudo inversos a los que tienen lugar en el mundo físico y material. En el mundo físico un exceso de luz ciega: hace nacer la oscuridad y produce la ceguera. Sin embargo el espíritu, al entrar en las regiones del entendimiento, se sitúa en las esferas inmensas de lo invisible y lo increado, por lo que desaparece el temor al exceso. Jesucristo es el gran sol de nuestras inteligencias, el alimento y la vida de nuestros corazones: nunca se le comprende mejor y se le ama más que cuando se le anuncia con profusión, en la integridad de su doctrina y en los esplendores sumos de su personalidad divina. El ejemplo de los Apóstoles anunciando el Evangelio en medio de la noche del paganismo y predicando intrépidamente a Jesucristo crucificado ante el senado de Roma o rodeados por los filósofos del Areópago nos dice con claridad que la verdad atrae a las almas naturalmente cristianas, pero no llega a iluminarlas y convencerlas si no se expone con toda su fuerza y claridad.


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