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Benedicto XVI: Escrivá fue “como un Don Quijote de Dios”


Por Francisco Ugarte Corcuera* 

 
Domingo 31 Julio 2005
   Conocí al fundador del Opus Dei el 15 de mayo de 1970, día en que llegó a México por primera y única vez. Cinco años después, el 26 de junio de 1975 –se cumplieron ahora 30 años-, fallecía en Roma ante una imagen de la Virgen de Guadalupe. Durante los 40 días que permaneció en nuestro país, tuve la fortuna de convivir con él y esa cercanía dejó en mí una impresión precisa: la de un hombre muy humano y muy sobrenatural. Su trato era cercano, amable, enérgico, alegre y comprensivo. Se palpaba que estaba muy cerca de Dios. 
Cuando el Cardenal Ratzinger fue elegido Papa, me pregunté qué pensaría sobre Josemaría Escrivá. Encontré la respuesta en dos intervenciones suyas: una con motivo de la beatificación y la otra en torno a la canonización de San Josemaría. En ambas destaca una idea central: la manera como el fundador del Opus Dei entendía y vivía la santidad.
En primer lugar, según Ratzinger, corrigió un concepto erróneo: “como en los procesos de canonización se busca la virtud «heroica» podemos tener, casi inevitablemente, un concepto equivocado de la santidad, que estaría reservada para algunos «grandes» de quienes vemos sus imágenes en los altares y que son muy diferentes a nosotros, normales pecadores. Esa sería una idea totalmente equivocada de la santidad, una concepción errónea que ha sido corregida -y esto me parece un punto central- precisamente por Josemaría Escrivá”.
En segundo lugar, la aportación de Escrivá de Balaguer en torno a este concepto ha consistido, según el Papa, en haber actuado “como un despertador, clamando: No, la santidad no es lo extraordinario sino lo ordinario, lo normal para cada bautizado. La santidad no consiste en ciertos heroísmos imposibles de imitar, sino que puede hacerse realidad en cualquier sitio y profesión. Consiste en dirigir a Dios la vida ordinaria y penetrarla con el espíritu de la fe”. Y añade que “santidad significa llegar a ser semejantes a Cristo. Josemaría Escrivá consideró esta llamada no sólo dirigida a sí mismo, sino sobre todo como un encargo para transmitir a los demás”.
Este planteamiento de la santidad exige una condición que en la vida de San Josemaría se resume en una frase afortunada que Ratzinger le atribuye: Dejar obrar a Dios. Y destaca algunos aspectos de la vida del santo que lo ponen de manifiesto: “Josemaría Escrivá se dio cuenta muy pronto de que Dios tenía un plan con él, pero no sabía qué era. En esta búsqueda le movió especialmente la historia del ciego Bartimeo. Jesús le preguntó: «¿Qué quieres que te haga?» Bartimeo le respondió: «¡Señor, que vea!» Josemaría se reconocía a sí mismo en Bartimeo: ¡Señor, que vea! era su constante clamor: ¡Señor, hazme ver tu voluntad!”
“Siempre me ha llamado la atención el sentido que Josemaría Escrivá daba al nombre Opus Dei; una interpretación que podríamos llamar biográfica y que permite entender al fundador en su fisonomía espiritual. Escrivá sabía que debía fundar algo, y a la vez estaba convencido de que ese algo no era obra suya; él no había inventado nada: sencillamente el Señor se había servido de él y, en consecuencia, aquello no era su obra, sino la Obra de Dios”.
Cuando “reconoció la pesca abundante de su vida, se asustó como Pedro al ver su miseria en comparación con lo que Dios quería hacer en y a través de él. Se llamaba a sí mismo «fundador sin fundamento» e «instrumento inepto»: sabía y veía con claridad que todo eso no lo había hecho él, que no podía hacerlo, sino que Dios actuaba a través de un instrumento que parecía totalmente inepto”.
Ese dejar obrar a Dios le permitía apuntar alto, pensar en grande, a pesar de las limitaciones. Según Ratzinger, “una y otra vez hablaba de sus «locuras»: comenzar sin ningún medio, empezar en medio de lo imposible. Parecían locuras que debía arriesgarse a hacer, y se arriesgó. En este contexto vienen a la mente aquellas palabras de su gran compatriota Miguel de Unamuno: «Sólo los locos hacen lo sensato, los sabios no hacen más que tonterías». Se atrevía a ser algo así como un Don Quijote de Dios. ¿O acaso no parece «quijotesco» enseñar, en medio del mundo de hoy, la humildad, la obediencia, la castidad, el desprendimiento de las cosas materiales, el olvido de sí?” 
Y aquel dejar obrar a Dios estuvo siempre apoyado en su amor a la Virgen que el Cardenal Ratzinger ilustraba con un detalle que acompañó su muerte: “Josemaría se supo toda su vida bajo el manto de la Virgen, que era su Madre. En su cuarto de trabajo, frente a la puerta, había un cuadro de Nuestra Señora de Guadalupe; esta imagen acogía su primera mirada cada vez que entraba. Recibió también su última mirada. A la hora de su muerte, apenas había entrado en la habitación y mirado la imagen de la Madre, cayó al suelo. Mientras moría tocaban las campanas, el Ángelus, anunciando el «fiat» de María y la gracia de la Encarnación del Hijo, nuestro Salvador. En este signo, que estaba al principio de su vida y le señalaba la dirección, volvió a Dios”.
A la luz de estas reflexiones del nuevo Papa Benedicto XVI, aquella impresión que San Josemaría me dejó grabada hace 35 años -la de un hombre en quien lo humano y lo sobrenatural se fundían formando una unidad armónica- la puedo resumir ahora en una sola palabra llena de contenido: santidad.
* Mons. Francisco Ugarte Corcuera es Vicario del Opus Dei para México

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