La Iglesia es el corazón de la humanidad.

— San Juan Pablo II

Walter Kasper

Prólogo

Papa Francisco

La crisis del coronavirus nos ha sorprendido a todos, como una tormenta que descarga de repente, cambiando súbitamente a nivel mundial nuestra vida personal, familiar, laboral y pública. Muchos han tenido que lamentar la muerte de familiares y amigos queridos. Muchas personas han caído en dificultades económicas, otras han perdido su puesto de trabajo. En muchos países fue ya imposible celebrar comunitariamente la eucaristía en público ni siquiera en Pascua, la fiesta mayor de la cristiandad, para obtener fuerza y consuelo de los sacramentos.

Esta dramática situación ha puesto en clara evidencia la vulnerabilidad, caducidad y contingencia que nos caracterizan como humanos, cuestionando muchas certezas que cimentaban nuestros planes y proyectos en la vida cotidiana. La pandemia nos plantea interrogantes de fondo, concernientes a la felicidad de nuestra vida y al amparo de nuestra fe cristiana.

La crisis es una señal de alarma, que nos hace considerar con detenimiento dónde se hallan las raíces más hondas que nos sostienen en medio de la tormenta. Nos recuerda que hemos olvidado y postergado algunas cosas importantes de la vida y hace que nos preguntemos qué es realmente importante y necesario y qué tiene solo importancia menor o incluso meramente superficial. Es un tiempo de prueba y de decisión para reorientar de nuevo nuestra vida hacia Dios como apoyo y meta nuestra; nos ha mostrado que, especialmente en situaciones de emergencia, dependemos de la solidaridad de los otros; y nos invita a poner nuestra vida al servicio de los demás de un modo nuevo. Debe concienciarnos de la injusticia global y despertarnos para escuchar el clamor de los pobres y de nuestro planeta, gravemente enfermo.

En medio de la crisis hemos celebrado la Pascua, escuchando el mensaje pascual de la victoria de la vida sobre la muerte. Ese mensaje nos dice que, como cristianos, no debemos dejarnos paralizar por la pandemia. La Pascua nos proporciona esperanza, confianza y ánimo, y nos fortalece en la solidaridad; nos habla de superar las rivalidades del pasado y de reconocernos, más allá de toda frontera, como miembros de una misma gran familia, donde unos llevan la carga de los otros. El peligro de contagio a causa de un virus tiene que enseñarnos otro modo de contagio: el contagio del amor, que se transmite de corazón a corazón. Estoy agradecido por tantas muestras de altruismo espontáneo y de dedicación heroica por parte de cuidadores, médicos y sacerdotes. En estas semanas hemos sentido la fuerza que procede de la fe.

La primera fase de la crisis del coronavirus, en que no pudo tener lugar ninguna celebración pública de la eucaristía, fue para muchos cristianos un tiempo de doloroso ayuno eucarístico. Muchos percibieron la presencia del Señor donde dos o tres se reunían en su nombre. La transmisión televisiva de la celebración eucarística fue una ayuda de emergencia que muchos agradecieron. Pero la transmisión virtual no puede sustituir a la presencia real del Señor en la celebración de la eucaristía. Por eso me alegro de que podamos retornar de nuevo a la vida litúrgica normal. La presencia del Señor resucitado en su palabra y en la celebración de la eucaristía nos dará la fuerza que necesitamos para solucionar los difíciles problemas que nos llegan tras la crisis del coronavirus.

Deseo y espero que las consideraciones teológicas y los testimonios ofrecidos en el presente libro, Dios en la pandemia, estimulen a la reflexión y susciten de nuevo en muchos la esperanza y la solidaridad. Igual que a los dos discípulos que iban de camino a Emaús, también en el futuro va a acompañarnos el Señor con su palabra y al partir el pan eucarístico. Y nos dirá: «¡No tengáis miedo! Yo he vencido a la muerte».


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