Perdonar no es olvidar, es recordar sin dolor, sin amargura, sin la herida abierta; perdonar es recordar sin andar cargando eso, sin respirar por la herida, entonces te darás cuenta que has perdonado.

— Anónimo

PRIMERA PARTE

EL HOMBRE MIRA AL ESTE Y AL SUR

Vi un Hombre tan alto que alcanzaba la cumbre de las nubes del cielo y llegaba hasta las profundidades del abismo, de tal forma que sus hombros estaban encima de las nubes en el éter serenísimo; de los hombros a los muslos, estaba bajo las nubes en otra nube blanca; de muslos a rodillas, estaba en el aire de la tierra; de rodillas a pantorrillas estaba en la tierra, y de pantorrillas para abajo, hasta las plantas de sus pies, estaba en las aguas del abismo, de tal modo que también estaba en pie sobre el abismo. Estaba vuelto hacia el Este de modo que miraba al Este y al Sur.

   

Su rostro brillaba con tal resplandor que yo no podía mirarlo detalladamente. En su boca había una nube blanca que parecía una trompeta, llena de sonidos que emitía velozmente. Cuando el Hombre sopló, el aire emitió tres vientos, de los cuales, uno llevaba una nube ardiente, otro una nube tempestuosa, y el tercero una nube resplandeciente. Es decir que cada viento llevaba una nube sobre sí.

El viento con la nube ardiente permaneció quieto ante del rostro del Hombre. Los otros dos, con su nube, bajaron hasta su pecho y allí desplegaron sus vientos. Y el viento que permanecía delante de su rostro, se extendió con su nube de Este a Sur. En aquella nube ardiente había una gran muchedumbre de seres vivos, ardientes, los cuales eran unánimes en su voluntad y tenían su vida en plena unión. En su presencia había una mesita llena de plumas por todas partes, que volaban según los preceptos de Dios, cuando las elevaban los mandatos de Dios. En ella, la ciencia de Dios había escrito ciertos arcanos, y esta muchedumbre fijó con afán sus miradas en aquella mesita. Y cuando miraron estos escritos, se les dió la virtud de Dios de modo que en adelante tocasen en unánime armonía la trompeta que sonaba con toda clase de músicas.

El viento que llevaba la nube tempestuosa antes citada, la llevó consigo del sur al oeste, de modo que la longitud y la anchura de la nube parecía una plaza que por sus dimensiones no podía comprender la mente humana. En la nube había una inmensa muchedumbre de santos; todos tenían espíritu de vida y nadie podría contarlos. Sus voces resonaban como aguas de un torrente y decían: “Ocupamos estas moradas según la apacible voluntad de quien hace manar este viento. ¿Pero cuándo recobraremos nuestros cuerpos? Sólo cuando los tengamos, podremos alegrarnos más que ahora”.

La muchedumbre que estaba en la nube ardiente contestó con voz de alabanza, diciendo: “Cuando la Divinidad tome su trompeta, arrojará relámpagos, truenos y fuego ardiente sobre la tierra y moverá el fuego que está dentro del sol, de modo que toda la tierra tiemble. Esto pasará cuando Dios quiera revelar sus grandes señales. Y entonces llamará a todos los pueblos del mundo con su trompeta en todas las lenguas. Y todos los que tienen escritos sus nombres recibirán entonces sus cuerpos”.

El viento que tenía encima la nube resplandeciente se extendió con esta nube del Este al Norte. Unas tinieblas espantosas y de gran densidad que venían del Oeste se extendieron hacia la nube resplandeciente con gran densidad y horror, pero no podían pasar más allá de la nube resplandeciente. En la nube aparecieron el sol y la luna; había un león en el sol y un carnero en la luna. El sol resplandeció sobre el cielo y en el cielo, y en la tierra y bajo la tierra, y así avanzó al salir y regresó al ocaso. Pero cuando el sol avanzó, el león avanzó con él y arrebató, saqueó, despedazó y desgarró muchas presas. Cuando el sol declinó, el león se retiró con él, y manifestó su alegría con muchos rugidos. La luna en la que estaba el carnero, siguió al sol en la ascensión y en el ocaso, y con ella el carnero, y el viento sopló y dijo: “La mujer preñada parirá y el carnero luchará contra el Norte”


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