Relatos de Gilbert Keith Chesterton


El tiempo avanza en el cual los periódicos, la telegrafía sin hilos y el cinema fabricarán en serie los seudosentimientos de una humanidad sin alma, reducida a remedar, bajo la larva crecida en su carne, las manifestaciones de la vida ausente.

— Leonardo Castellani

relatos

Gilbert Keith Chesterton

Las muertes de los Pendragon

El padre Brown no se sentía con ánimo aventurero. Recientemente había enfermado por exceso de trabajo y cuando empezó a recuperarse, su amigo Flambeau lo había llevado a hacer un crucero en un pequeño yate con Sir Cecil Fanshaw, un joven hacendado de Cornualles y un apasionado admirador de las bellas costas de su región. Pero el padre Brown aún estaba bastante flojo y no era un gran marinero. Y aunque no era del tipo de hombre que se queja o se deja hundir, su ánimo no daba más que para la paciencia y la buena educación. Cuando los otros dos hombres elogiaban el rasgado crepúsculo violeta o los ásperos riscos volcánicos, se limitaba a darles la razón. Cuando Flambeau señalaba una roca con forma de dragón, él miraba y le parecía que era igual a un dragón.

Cuando Fanshaw, más entusiasmado, indicaba una roca semejante a Merlín, él la miraba y asentía. Cuando Flambeau preguntaba si esa entrada rocosa en el retorcido curso del río no parecía la puerta del país de las hadas, él decía: «sí». Oía los comentarios más importantes y los más triviales con la misma e insípida concentración.

Oyó que la costa era mortalmente peligrosa salvo para los más expertos marineros, oyó también que el gato del barco estaba dormido. Oyó que Fanshaw no podía encontrar su boquilla en ninguna parte, oyó también cómo el piloto recitaba el conjuro «Con los dos ojos bien abiertos, el barco está a salvo; con un ojo cerrado, se hunde». Oyó cómo Flambeau decía a Fanshaw que eso sin duda quería decir que el piloto debía mantenerse con los ojos abiertos, bien alerta. Y oyó a Fanshaw explicando a Flambeau que, por raro que pareciera, no quería decir eso: quería decir que mientras vieran las dos luces de la costa, una próxima y la otra lejana, exactamente alineadas, estaban en el buen camino por el canal; pero que si una luz ocultaba a la otra, iban a encallar. Oyó añadir a Fanshaw que su país estaba lleno de fábulas y giros lingüísticos de lo más pintoresco. Era la patria misma de la aventura romántica; incluso puso a esta zona de Cornualles por encima de Devonshire, como pretendiente a los laureles del arte marinero isabelino. Según él, en estas calas e isletas había habido capitanes comparados con los cuales Drake había sido prácticamente un hombre de secano. Oyó reírse a Flambeau y preguntar si, quizás, el audaz título de «Rumbo al oeste» sólo significaba que todos los habitantes de Devonshire deseaban vivir en Cornualles. Oyó a Fanshaw decir que no había motivos para gastar bromas tan tontas, que no sólo los capitanes de Cornualles habían sido héroes, sino que seguían siéndolo: cerca del lugar donde estaban había un viejo almirante, ya retirado, marcado por emocionantes viajes llenos de aventuras. En su juventud había descubierto el último grupo de ocho islas del Pacífico que se añadió al mapamundi. Cecil Fanshaw era la encarnación viva del tipo de persona que generalmente impulsa esa clase de entusiasmos elementales pero agradables. Era muy joven, de pelo claro, tez sonrosada, y actitud vehemente. Una mezcla de temperamento de muchacho desafiante con una delicadeza física casi femenina. Flambeau, con sus anchos hombros, cejas negras y negro contoneo de mosquetero, era su opuesto.


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