La adoración de la ciencia, la esperanza en el progreso y la desaforada religión de la Democracia, no son sino idolatría del hombre; o sea, el fondo satánico de todas las herejías, ahora en estado puro.

— Leonardo Castellani

Emiliano Jiménez Hernández

INTRODUCCIÓN

A) MADRE DEL REDENTOR

“La Madre del Redentor tiene un lugar preciso en el plan de la salvación, porque, ‘al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, para que recibieran la filiación adoptiva. La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: iAbbá, Padre!’ (Ga 4,4-6).

Con estas palabras del apóstol Pablo, que el Concilio Vaticano II cita al comienzo de la exposición sobre la bienaventurada Virgen María (LG 52), deseo iniciar también mi reflexión sobre el significado que María tiene en el misterio de Cristo y sobre su presencia activa y ejemplar en la vida de la Iglesia. Pues, son palabras que celebran conjuntamente el amor del Padre, la misión del Hijo, el don del Espíritu, la mujer de la que nació el Redentor, nuestra filiación divina, en el misterio de la plenitud de los tiempos” (RM 1).

En este texto se habla de María desde tres ángulos: en la historia de la salvación, como madre de Cristo y como figura de la Iglesia. Estos tres aspectos se unifican en el misterio de Cristo, en el que confluyen, pues la historia de la salvación culmina en Cristo y la Iglesia es la prolongación de Cristo en su cuerpo. María sólo puede ser comprendida a la luz de Cristo, su Hijo. Pero el misterio de Cristo, “misterio divino de salvación, se nos revela y continúa en la Iglesia, a la que el Señor constituyó como su Cuerpo” (LG 52).

El misterio de María queda inserto en la totalidad del misterio de Cristo y de la Iglesia, sin perder de vista su relación singular de Madre con el Hijo, pero sin separarse de la comunidad eclesial, de la que es un miembro excelente y, al mismo tiempo, figura y madre. María se halla presente en los tres momentos fundamentales del misterio de la redención: en la Encarnación de Cristo, en su Misterio Pascual y en Pentecostés. La Encarnación es el momento en que es constituida la persona del Redentor, Dios y hombre. María está presente en la Encarnación, pues ésta se realiza en ella; en su seno se ha encarnado el Redentor; tomando su carne, el Hijo de Dios se ha hecho hombre. El seno de María, en expresión de los Padres, ha sido el “telar” en el que el Espíritu Santo ha tejido al Verbo el vestido humano, el “tálamo” en el que Dios se ha unido al hombre. María está presente en el Misterio pascual, cuando Cristo ha realizado la obra de nuestra redención destruyendo, con su muerte, el pecado y renovando, con su resurrección, nuestra vida. Entonces “junto a la cruz de Jesús estaba María, su madre” (Jn 19,25). Y María estaba presente en Pentecostés, cuando, con el don del Espíritu Santo, se hizo operante la redención en la Iglesia. Con los apóstoles, “asiduos y concordes en la oración, estaba María, la madre de Jesús (Hch 1,14). Esta presencia de María junto a Jesús en estos momentos claves, aseguran a María un lugar único en la obra de la redención.


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