El espiral de la violencia solo se frena con el milagro del perdón

— San Juan Pablo II

Fulton J. Sheen

I

El egotismo es el enemigo de la paz interior

Me propongo tratar de ofrecer una sugestión psicológica para adquirir la paz del alma. No nos jactemos de nada; no hablemos nunca de nosotros mismos; no intentemos estar siempre en primera fila en las candilejas del teatro; no utilicemos a la gente en ventaja propia y no avasallemos a los demás como si valiéramos más que ellos.

Hay maneras muy populares de explicar la virtud de la humildad, que no consiste tanto en humillarnos ante otros como en reconocer nuestra pequeñez en comparación a lo que debemos ser. La tendencia moderna se inclina a la exaltación del yo al egotismo, y al deseo de rebajar a los otros en lo que creemos nuestro provecho. Esto no ha producido mucha felicidad, porque cuanto más se afirma el ego, más mísero se siente el hombre.

La humildad que se inclina a dar preferencia al prójimo, no goza hoy de mucho predicamento, principalmente porque los hombres han olvidado la grandeza de Dios. Al extender nuestro pobre yo hasta el infinito, hacemos que hasta la grandeza del Señor nos parezca trivial. Cuanto menos conocimiento tenemos de una cosa, más insignificante nos parece. Aunque odiemos a una persona, menos la odiaremos cuando la conozcamos mejor. Un graduado en la escuela superior no es generalmente tan humilde como cuando se gradúa en la Facultad de Medicina. A los 18 años se piensa saberlo todo y a los 28 cualquier doctor se siente consciente de que ignora la ciencia médica que le falta por adquirir.

Lo mismo pasa con Dios. Cuando no le rezamos, contemplamos o amamos, somos vanos y orgullosos, pero cuando le conocemos mejor, sentimos una profunda sensación de dependencia que atempera nuestra independencia falsa. La soberbia es hija de la ignorancia y la humildad constituye la consecuencia del conocimiento.

El orgulloso siempre se cree mejor de lo que es y cuando crítica lo hace porque cree que su prójimo es envidioso o tiene rencor contra él. El humilde se conoce tal como es, porque se juzga, como juzga el tiempo, por un rasero externo a sí mismo, es decir, Dios y su ley moral. La razón psicológica del amor moderno a las noticias que perjudican a otros o llevan el mal a sus vidas, consiste en que ello regocija a las conciencias desazonadas y cargadas de culpa. Hallando a otros más malos que nosotros, en apariencia, creemos, con error, mejorar. Generalmente, las biografías más populares eran antes vidas de hombres buenos y dignos de emulación, en lugar de obras escandalosas que nos inclinan a creemos más virtuosos de lo que somos. El pagano Plutarco decía: “Las virtudes de los grandes hombres me sirven de espejo presente que me ayuda a adornar mi vida”.


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