francisco

Luis Rosales y Daniel Olivera

Prólogo

Para dos periodistas argentinos como lo somos los autores de esta obra, escribir y contarle al mundo sobre el Papa Francisco es hablar un poco de nosotros mismos. La encaramos en dos partes, son casi dos libros en uno. La primera, que consta de los primeros seis capítulos, trabajada por Daniel Olivera, describe al hombre y su vida; la segunda, los últimos seis y el apéndice, a cargo de Luis Rosales, se centra en su doctrina y en los desafíos que tiene por delante.

Fuimos convocados por Humanix Books, precisamente por esta doble condición. Por nuestra profesión y por nuestra nacionalidad. En nuestra calidad de comunicadores sociales la “papamanía” que se ha generado en la Argentina como consecuencia de su elección, es un fenómeno muy interesante de ser observado y que seguramente va a generar un impacto que perdurará por mucho tiempo. La cobertura periodística de su casi sorpresivo ascenso al Trono de Pedro y la enorme cantidad de segundos y centímetros que diariamente se la dedican a sus acciones y gestos, va preludiando una influencia que va a constituir mucho más que una moda pasajera. Pertenecemos a una sociedad global, interconectada e instantánea, en un mundo en crisis en que se habla hasta del agotamiento de las ideologías y en el que todo dura apenas un bloque de televisión, unos pocos mensajes en las redes o unos minutos en los portales on line. Por eso la posibilidad de que una institución estable y permanente como la Iglesia Católica se renueve y fortalezca constituye al menos un objeto interesante de análisis. Mucho más si el nuevo liderazgo viene a replantear desde su propia esencia prácticas, costumbres y tradiciones de una organización muy influyente para un porcentaje muy alto de la humanidad.

La Iglesia vive una profunda crisis que tiene que ver no solo con problemas propios, aquellos originados por años de abandono de la esencia y del camino enseñado por Cristo, sino que también por la fuerte tendencia de la sociedad actual a alejarse de lo espiritual. La idea de una sociedad sin Dios se ha ido imponiendo a través del reinado de la ciencia y de la técnica, sin comprender exactamente su condición de formidables herramientas para la consecución de un objetivo más trascendente. Por eso la llegada de Francisco conmueve y conmociona mucho. Su humildad y sencillez, combinadas con su habilidad política ya demostrada y sus enormes dotes de comunicador, generan la esperanza de un cambio de rumbo desde el Vaticano. Muchos esperan que sea un reformista en los temas dogmáticos y que “modernice” a la institución que preside, siguiendo el pulso de la opinión pública. Pero se equivocan. El cree profundamente y así lo ha demostrado a lo largo de toda su vida pastoral, que no es necesario seguir las encuestas, los vientos cambiantes de la opinión pública, para ser influyente o exitoso. Sabe que su rol tiene más que ver con el de un faro que debe indicar la presencia de acantilados y peligros, aún en las noches tormentosas. Señalar los límites a partir de los cuales nuestra especie corre un serio riesgo de desnaturalizar su propio sentido y razón de existencia.

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