Nuestros sufrimientos son caricias bondadosas de Dios, llamándonos para que nos volvamos a él, y para hacernos reconocer que no somos nosotros los que controlamos nuestras vidas, sino que es Dios quien tiene el control y podemos confiar plenamente en él.

— Santa Teresa de Calcuta

 

Carlo Maria Martini

INTRODUCCIÓN

He cumplido 82 años de vida y la enfermedad de Parkinson, así como los achaques de la edad, me lo recuerdan. Por lo que se refiere a la oración, sin embargo, todavía estoy probablemente solo a la mitad del camino. Siento que mi oración debería transformarse, pero no sé bien de qué manera; siento cierta resistencia a dar un salto decisivo. Sé que, como Isaac, puedo decir: «Ya soy viejo e ignoro el día de mi muerte» (Gn 27,2); pero lo cierto es que todavía no he sacado las debidas conclusiones.

   

En todo caso, trato de aclarar las ideas y de reflexionar sobre este asunto. Creo que se puede hablar de dos modos en la oración de un anciano. Por una parte puede considerarse al anciano en su progresiva debilidad y fragilidad, según hace la metafórica (y elegante) descripción de Qohélet:

Acuérdate de tu Creador

en los días de tu juventud,

antes de que lleguen los días malos

y se echen encima los años en los que digas:

«No me agradan».

Antes de que se oscurezca el sol,

la luz, la luna y las estrellas,

y retornen las nubes tras la lluvia;

cuando tiemblen los guardianes de la casa

y se encorven los robustos,

cuando cesen las que muelen,

porque ya son pocas,

cuando se queden a oscuras las que miran

por las ventanas,

y se cierren las puertas de la calle;

cuando se apague el sonido del molino,

y se extinga el canto del pájaro,

y enmudezcan las canciones

(Ecle 12,1-4; cf. hasta el v. 8).

En este caso, el tema será la oración (evocado aquí por las palabras «Acuérdate de tu Creador») de aquel que es débil y frágil, de quien siente el peso de la fatiga física y mental, y se cansa con facilidad.

La salud y la edad no nos permiten dedicar a la oración los largos tiempos que solíamos dedicarle en otros momentos: se dormita fácilmente, y no es infrecuente que en la oración nos adormilemos. Me parece necesario, por tanto, aprender a utilizar el poco tiempo de oración de que se pueda disponer de la mejor manera posible.

Al no poder dedicar a la oración el mismo tiempo que cuando se tenían más energías, y a menudo sintiéndola lejana y poco consoladora, es posible que el propio espíritu quede amenazado por un cierto desaliento. La tentación será entonces la de reducir los tiempos consagrados a la oración, limitándose estrictamente a lo necesario para sobrevivir espiritualmente.

Sin embargo, esta reducción de los tiempos dedicados a la oración puede ser muy peligrosa. Y ello porque la oración, para dar algún consuelo, debe ser normalmente prolongada. Si se reduce el tiempo, también los consuelos surgirán con mayor dificultad, y se creará un círculo vicioso que llevará a rezar cada vez menos.

Ahora bien, la oración del anciano podría ser considerada también como la oración de quien ya ha alcanzado cierta síntesis interior entre el mensaje cristiano y la vida, entre fe y cotidianidad.


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