Es difícil juzgar la belleza: la belleza es un enigma.

— Fiódor Dostoyevski

Richard Bastien

1. HAY QUE INTERESARSE POR LA FILOSOFÍA?

LA filosofía tiene cada vez peor reputación. Si un estudiante muestra un interés verdadero por esta disciplina, sus compañeros y amigos le tendrán lástima, se preguntarán por su salud mental.

Los adeptos de la filosofía contestarán sin duda que se trata de la disciplina intelectual preferida por los más grandes espíritus de todos los tiempos: Platón, Aristóteles y santo Tomás de Aquino.

En todo caso, lo que se llama comúnmente la filosofía moderna, es decir, la filosofía que empieza en el siglo xvii con Descartes, y luego se transforma al hilo de los siglos en una multiplicidad de corrientes de pensamiento (racionalismo, empirismo, idealismo, marxismo, nihilismo, existencialismo, deconstruccionismo, etc.), no se parece en nada a lo que practicaban los filósofos griegos y medievales.

La única constante de la filosofía moderna es su pretensión de apoyarse solo en la autosuficiencia absoluta de la razón. En sus manifestaciones más recientes, llega incluso a afirmar que no hay otra razón que la científica, negando así el valor de todo pensamiento metafísico. ¿Puede extrañar entonces que no engendre sino escepticismo y relativismo? La filosofía moderna duda de casi todo lo que parece normal y sensato al hombre de la calle, incluida la posibilidad de llegar a una verdad cualquiera. En Ortodoxia, Chesterton sostiene que la filosofía moderna es una forma de desesperanza, porque «no cree verdaderamente que el universo tenga un significado». Y en su biografía de santo Tomás de Aquino, añade: «La mayor parte de las filosofías modernas no son otra cosa que dudas filosóficas; quiero decir: dudan hasta el punto de saber si la filosofía puede existir».

El hecho es que, según sus propios representantes, la filosofía moderna se encuentra hoy en una calle sin salida. Inspirándose en Hegel, que pensaba haber puesto punto final a la investigación filosófica en el siglo xix, tres de los filósofos más célebres del último siglo —Ludwig Wittgenstein, Martin Heidegger y Richard Rorty— tienen en común haber puesto fin a su carrera sosteniendo que después de ellos la filosofía no podía seguir progresando. Dicho de otro modo, está sin salida. Según esas tres celebridades mundiales de la filosofía, no hay más que una certeza: el intento del espíritu humano, inaugurado por Descartes, de poner los fundamentos de un conocimiento seguro es un fracaso lamentable, y en vano alguien se empeñará en perseguirlo.

Este sentimiento de fracaso proviene de que la filosofía moderna no admite que el espíritu humano consiga captar lo real tal cual es. Rechaza sistemáticamente reconocer que la inteligencia tiene la facultad de representarse fielmente el mundo exterior por vía de abstracción y de captar así la naturaleza real. Para decirlo todo, niega que una cosa cualquiera pueda tener una «naturaleza», es decir, un principio de organización que asegure la unidad de sus diferentes partes y permita comprender las relaciones internas y la coherencia. Lo que admite es solo la posibilidad para el espíritu humano de determinar los aspectos cuantitativos de lo real. La filosofía moderna está viciada en su mismo principio porque, lejos de contentarse con decir que se puede cuantificar lo real, va hasta afirmar que se es incapaz de ir más allá. Al Conócete a ti mismo de Sócrates, ella opone su propia divisa: Fuera de lo cuantificable no hay salvación. Lo que equivale a decir que todo lo que se puede conocer del universo y de sus componentes minerales, vegetales y animales se encuentra en las ciencias naturales (empíricas). Todo juicio que no derive de estas ciencias habría que considerarlo una superchería.

La mayor parte de los científicos suscriben más o menos conscientemente esta concepción cientista del conocimiento. Por ejemplo, en una obra titulada El Gran Diseño (¿hay un gran arquitecto en el universo?), el célebre astrofísico británico Stephen Hawking sostiene que «la filosofía está muerta» porque «no ha sabido asimilar los progresos de la ciencia, sobre todo de la física, [de modo que] los científicos se han convertido en los portadores de la antorcha del descubrimiento en nuestra búsqueda de conocimiento». Bertrand Russell dijo más o menos lo mismo, pero más sucintamente y en términos más elegantes: «La ciencia es lo que sabemos, la filosofía lo que no sabemos».


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