La flor de la esperanza
Francisco J. Castro Miramontes & Carmen Guaita
Prólogo
Queridos lectores:
Acabo de leer las cartas que se han intercambiado mis queridos amigos Carmen Guaita y Paco Castro. Aún me siento una intrusa… Tengo la sensación de que me he colado en una parte íntima de sus vidas, que he sido testigo de sus alegrías y de sus dolores, de sus miedos y sus aventuras, en definitiva, de lo que ellos esperan de la vida y… de lo que la vida espera de ellos.
Queridos Carmen y Paco, gracias por haberme permitido esta intromisión en vuestros pensamientos, en los de vuestra mente y en los de vuestro corazón. Y gracias por compartirlos con todos los lectores que, estoy convencida, van a disfrutar, se van a conmover, van a reflexionar y van a gozar con vuestras palabras.
Ahora que he terminado de leer vuestras cartas, siento que no puedo ser sólo una mera lectora o espectadora de vuestras vidas. Habéis tenido la generosidad de compartirlas con nosotros y ahora, las nuestras, ya no pueden ser igual que antes. Esta idea, por cierto, la expresa muy bien el hijo mayor de Carmen, como recoge su madre en una de las misivas. Y es que, con estas cartas ocurre como con las buenas conversaciones, sirven para que los interlocutores, y también los lectores, nos enriquezcamos con ellas. No podemos ser espectadores pasivos. Vosotros habéis movido el lápiz con el que trazamos la línea de nuestras vidas, ¿verdad, José Luis?
Como buenos jardineros, habéis regado con amor esa semilla de la flor de la esperanza que Alguien plantó hace tiempo en nuestros corazones. Y esa semilla, si la tierra no es dura, sólo tiene que crecer y crecer.
Eso sí, debemos estar pendientes cada día o, mejor, cada instante, de abonarla. Y no siempre es fácil. Con frecuencia nos descuidamos y nos preocupamos excesivamente de los vientos que soplan a nuestro alrededor o de los nubarrones que se forman en el cielo, olvidándonos de nuestra pequeña simiente.
Paco, con esas evocaciones que le insinúan la hermana tierra y el hermano cielo, paseando por las rúas de su querida Compostela, compartiendo camino con sus otros hermanos, los hombres y las mujeres que, como nosotros, salen al paso de su vida… Y Carmen, con su extraordinaria sensibilidad, que tan bien sabe ella poner al encuentro de la razón, desde su maravillosa condición de profesional cualificada pero, ante todo, como hija, madre y esposa, ponen en nuestro camino esas pequeñas razones cotidianas que, cual semillas, hacen crecer en nosotros la flor de la esperanza.
Gracias,
María Ángeles Fernández Muñoz

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