Para servir a la Iglesia


El amor a Dios todo lo hace suave.

— San Claudio la Colombière

Javier Echevarría Rodríguez

Para servir a todos

El sacramento del Orden, mediante la unción del Espíritu Santo, configura a quien lo recibe con Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote, Cabeza de su Cuerpo Místico. Y los Obispos, «figura del Padre» ante la Iglesia, como señalaba ya San Ignacio de Antioquía, son «constituidos por el Espíritu Santo, que les ha sido dado, en verdaderos y auténticos maestros de la fe, pontífices y pastores», y hacen presente a Jesucristo, Pastor supremo de las almas, en medio del Pueblo que se les ha confiado.

En la homilía de la Misa con la que inauguraba en 1991 su ministerio episcopal, Mons. Álvaro del Portillo afirmaba que «la ordenación episcopal del Prelado del Opus Dei significa un gran bien para la Prelatura del Opus Dei y, al mismo tiempo, una nueva confirmación de la Santa Sede sobre su naturaleza jurídica como estructura jurisdiccional de la Iglesia». Los cuatro años transcurridos desde entonces no han hecho más que atestiguar la profunda verdad de esas palabras. La ordenación episcopal del Prelado, al incorporarle en el Colegio Episcopal, que sucede al de los Apóstoles cum Petro et sub Petro, no sólo refuerza sacramentalmente la unión del Prelado con el Papa y con los Obispos, sino que hace más estrecha la comunión de la labor de la Prelatura con la de las Iglesias locales, al servicio de las almas.

Para apacentar la grey de Cristo hay que servir abnegadamente a las almas, siguiendo el ejemplo de Jesucristo que no vino a ser servido, sino a servir, y a dar su vida en rescate por muchos. Lo recalcaba San Agustín en uno de sus sermones. «El que preside a un pueblo —decía— debe tener presente, ante todo, que es siervo de muchos. Y eso no ha de tomarlo como una deshonra (…), porque ni siquiera el Señor de los señores desdeñó servirnos a nosotros». Y el Concilio Vaticano II, en su decreto sobre el oficio pastoral de los Obispos, amonesta: «En el ejercicio de su oficio de padre y pastor, sean los Obispos en medio de los suyos como los que sirven (cfr. Lc 22, 26-27); buenos pastores, que conocen a sus ovejas y a quienes ellas también conocen; verdaderos padres, que se distinguen por el espíritu de amor y solicitud hacia todos, y a cuya autoridad, conferida ciertamente por Dios, todos se someten de buen grado. De tal manera congreguen y formen a la familia entera de su grey, que todos, conscientes de sus deberes, vivan y actúen en comunión de caridad».

Durante los veinticinco años que he tenido la inmensa fortuna —verdadera gracia de Dios— de vivir al lado del Fundador del Opus Dei, he sido testigo ocular y asiduo de su heroico espíritu de servicio a todas las almas, especialmente a las que el Señor le había confiado. Le he visto plasmar en su vida, con plenitud y elocuencia, la enseñanza evangélica; le he visto dar la vida por sus ovejas día tras día, con una sonrisa en los labios.

Las palabras que hizo esculpir en la cátedra de la que ahora es Iglesia prelaticia del Opus Dei constituyen una síntesis de las características que han de inspirar la misión del buen Pastor en esta porción del Pueblo de Dios que es la Prelatura. Al mismo tiempo, esas palabras componen un retrato del ejemplo que nos han dejado el Beato Josemaría y don Álvaro. Con expresiones tomadas del Ius particulare de la Obra, está escrito que el Prelado ha de ser «maestro y Padre para todos los fieles de la Prelatura; a todos los ame verdaderamente en las entrañas de Cristo; a todos enseñe y proteja con caridad tierna; por todos se entregue generosamente, y más y más se sacrifique lleno de alegría».


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