Vuestro amor me previno desde la infancia, creció conmigo, y ahora es un abismo cuya profundidad me es imposible medir.

— Santa Teresa de Lisieux

Eugene Boylan

PRÓLOGO

Hay un procedimiento, que se usa para la impresión de láminas en color, que consiste en la confección de planchas separadas para cada color elemental que entra en la composición de la lámina. Las impresiones de cada una de estas planchas se superponen una encima de la otra y si la intensidad correspondiente de cada color es correcta, el resultado es absolutamente natural. Pero si algún matiz es demasiado débil, se acusa entonces en la presentación final del verdadero color el correspondiente defecto, que puede quizá corregirse con una impresión suplementaria del componente débil.

Pues bien, lo que se proponen estas páginas es algo así como una impresión suplementaria. No es que la exposición usual de la oración mental sea deficiente, pero parece, sin embargo, como si la impresión que muchas almas han recibido de la oración mental necesitara ser reforzada en algunos «colores». Este fin explica la extensión irregular de tratamiento que el lector notará en estas páginas. La materia de la meditación metódica queda solamente bosquejada, pues hay bastantes libros excelentes que la tratan con gran detalle. Además, las almas a las que se dirige en primer lugar este libro son aquellas que no pueden lograr su objeto con los usuales métodos de meditación, así como aquellos que fueron capaces de meditar, pero que ahora se encuentran en la imposibilidad de hacerlo.

Con el fin de situar esta «impresión suplementaria» en el cuadro general de la oración, se bosqueja, al menos, el conjunto de la materia; ciertos aspectos que parecían necesitar que se les tratara más detalladamente, quedan expuestos con más extensión. Pero hay otra razón por la que hemos insistido en incluir un examen de aquellos estados de la oración, que hemos llamado la oración de fe, y por la que rogamos al lector, sea cual fuere su posición en la escala de la oración, que lea toda la obra. Sean cuales fueren las leyes generales del desarrollo de la oración, cuando se observa y se saca un promedio en un gran número de almas diversas, la mayoría de los individuos encuentran que su camino es muy tortuoso y muestra variaciones rápidas y considerables. Parece, por tanto, que, salvo quizá en los comienzos mismos, un conocimiento de la naturaleza y técnica de todos los diferentes estadios de la oración no solamente ayuda en cualquiera de ellos, sino que incluso es necesario en todos.

A pesar del título de esta obra, no se trata de un análisis científico ni de un catálogo clasificado de las varias dificultades que pueden presentarse en la oración, con una solución práctica completa de cada una de ellas consignada en el lugar correspondiente. Su propósito es, más bien, examinar la naturaleza y los modos de la oración, no con una objetividad científica, sino desde el punto de vista del individuo, considerándola tal como le aparece a él. De este modo se espera poner al alma en situación de abordar la mayoría de sus propias dificultades. Asimismo el fin primario no es tanto instruir al lector como animarle a que siga esforzándose en la oración, e inducirle a que se procure más información en las obras de plumas más competentes. Por eso se trata el asunto en forma tan condensada; tanto, que hará falta una segunda lectura para enterarse de todo lo que hemos querido decir. Esta segunda lectura es muy aconsejable, por el hecho de que los primeros capítulos se entenderán más fácilmente a la luz de los siguientes.

Se supone que el lector es consciente de la necesidad de la oración mental, ya que este punto está bien tratado en muchas otras obras. Un cristiano que no haga oración es como un hombre que no piense o no tenga volición —un mero animal en la vida espiritual—. Es manifiestamente imposible buscar la perfección sin la oración mental, la cual, por supuesto, puede hacerse de un modo absolutamente inconsciente. De hecho, se puede decir que si un hombre no hace oración, no puede salvar su alma.

Tenemos que insistir en que no podemos considerar que la vida «activa», en el estado de perfección religioso o en el sacerdocio, impide al alma avanzar —y avanzar mucho— en los caminos de la oración. Por el contrario, el estado de perfección religioso, si lo es verdaderamente, deberá conducir al alma a un progreso en la oración y ser una continua ayuda para él a tal fin. El propósito primario y esencial de la vida religiosa es la perfección de cada individuo religioso; de otro modo no tendría derecho al nombre. Ahora bien, intentar la perfección es justamente lo que se necesita para hacer posible un progreso en la oración, y, a su vez, la oración es el mejor medio de buscar la perfección, sobre todo cuando aquélla es «progresiva».


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