El sufrimiento de aquí abajo no tiene proporción con la gloria del cielo.

— 2 Cor 4, 17

José Luis Martín Descalzo

INTRODUCCIÓN

Cuando, hace ahora cuatro años, comencé esta aventura de mis «razones», nunca pude imaginar lo que para mí llegarían a significar. Es asombroso: lanzas un día un pájaro a volar y, de pronto, te encuentras que él solito hace nido en miles de corazones. Y el primer asombrado es el propio autor. Porque lo que nacía como una simple serie de artículos circunstanciales y dispersos se iba convirtiendo, para mí, en un retrato interior y, para muchos, en un compañero en el camino de la vida. Y fue ese descubrimiento de los que caminaban a gusto a mi lado lo que me empujó a encuadernar aquellas primeras impresiones en mis Razones para la esperanza, que tuvo una inexplicable acogida entre sus lectores, que no sólo agotaban sus ediciones, sino que además me inundaban a mí con su cariño.

   

Fue este cariño el que me obligó a seguir. Y nacieron las Razones para la alegra, que tuvieron, en ediciones y acogida, la misma suerte misteriosa que su hermano mayor.

Al editar ese segundo volumen, me prometí a mí mismo que ahí se cerraba aquella serie. Pero la insistencia de los editores -me llevó a descubrir los muchos huecos que en los tomos publicados quedaban. Temas sin rozar, razones sin exponer. Faltaban, sobre todo, muchas de las más importantes raíces. En definitiva, sólo podemos tener esperanza cuando antes tenemos amor. Y la alegría no es sino el último fruto de ese amor. Si quería, pues, que estas razones -aunque aparentemente desordenadas y circunstanciales- recogieran las verdaderas claves de mi visión del mundo tendría que añadirle esos trasfondos para dar verdadero sentido a los dos volúmenes precedentes.

Me animé por ello a cerrar esta serie de apuntes con una tercera y última entrega: estas Razones para el amor que tienes entre las manos.

El lector de los tomos precedentes encontrará en éste dos novedades: mientras aquellos eran simplemente una recogida de artículos previamente publicados en «ABC», esta vez un buen número de los que forman la última serie han sido reelaborados íntegramente o han sido directamente escritos para este volumen y son, por tanto, inéditos.

Más visible es la segunda característica: en este tercer volumen es mucho más notable la carga religiosa de la mayoría de mis comentarios. La razón es bastante simple: al estar las dos primeras entregas pensadas directamente como artículos para un periódico, prefería -aunque la visión religiosa estaba siempre al fondo de todos ellos- que predominara en sus planteamientos el simplemente humano, que pudiera llegar a todo tipo de lectores. Pues no todos los de un periódico son confesionalmente cristianos.

Esta vez, en cambio, al haber escrito pensando ya en el volumen, me he sentido más libre y he dejado a mi corazón que hablase con un  mayor descaro de lo que realmente siente. Si soy cristiano, ¿cómo podrían mis razones no serlo? Si la -última raíz de mi amor, de mi esperanza y mi alegría estaba en Dios, ¿tendría yo derecho no diré a camuflarlo -cosa que creo no haber hecho nunca-, sino incluso a dejarlo en un segundo plano de fondo?

Con ello estoy queriendo decir que en este tercer volumen entrego lo que, en definitiva, son las últimas claves de mi vida. Soñé, a lo largo de mi vida, muchas cosas. ahora sé que sólo salvaré mi existencia amando; que los únicos trozos de mi alma que habrán estado verdaderamente vivos serán aquellos que invertí en querer y ayudar a alguien. ¡Y he tardado cincuenta y tantos años en descubrirlo! Durante mucho tiempo pensé que mi «fruto» seria dejar -muchos libros escritos, muchos premios conseguidos. Ahora sé que mis únicas líneas dignas de contar fueron las que sirvieron a alguien para algo, para ser feliz, para entender mejor el mundo, para enfrentar la vida con mayor coraje. Al fin de tantas vueltas y revueltas, termino comprendiendo lo que ya sabía cuando aún apenas si sabía andar.


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