Id, pues, bienes del mundo; id, dichas vanas, aunque todo lo pierda, Sólo Dios basta.

— Santa Teresa de Ávila

Elena Álvarez

PREFACIO

Si existe un libro escrito con naturalidad, pero para todas las personas y de todos los tiempos, ese es el Evangelio. A lo largo de su historia ha dado mucho que pensar, y que hablar, porque al final su tema es el que nos inquieta continuamente a todos: si este mundo con sus complejidades tiene un sentido; si hay un amor que nos sostenga en los aciertos y errores que cometemos a lo largo de este camino de la vida; si hay otra vida, y cómo accedemos a ella.

De todo esto habla el Evangelio, porque son las promesas de Jesucristo. De sus palabras ha bebido toda la tradición cristiana. Sobre él se han escrito numerosos comentarios y biografías que la autora de estas líneas no puede ni pretende superar.

Baste nombrar, entre muchas otras, la excelente trilogía sobre Jesús de Nazaret que culmina la producción de Benedicto XVI, o su predecesora, El Señor, de Romano Guardini, con su elegante y profunda aproximación a la personalidad de Jesucristo.

Estas páginas están guiadas por otro tipo de preguntas. Los dos autores citados han señalado de forma constante que el cristianismo en su esencia es el encuentro con una persona, la de Jesucristo. Esto abre a las preguntas: ¿Qué es encontrar hoy en día a Cristo? ¿Es muy diferente del encuentro con aquellos que se cruzaron con él en su caminar terreno? ¿Qué supuso conocerle para las personas que le buscaron, o que se toparon con él?

Los relatos evangélicos ofrecen muy pocos datos sobre esos personajes concretos. Pero la historia, y la exégesis, nos permiten reconstruir cómo era la vida cotidiana entre judíos, griegos y romanos. Y la propia experiencia nos da a conocer cuáles son las inquietudes fundamentales del corazón humano, que recorren toda la historia.

Sobre las mujeres del Evangelio se han escrito muchas cosas. Es cierto que vivían en una sociedad patriarcal, que tenía sus contradicciones, al menos en algunos casos, como el adulterio o la viudedad. Quizá sea también posible que a veces se dramatice demasiado la situación de una mujer que se dedicaba al cuidado del hogar: hoy resulta impensable que una mujer carezca de formación y profesión, pero eso no convierte por sistema en injustas y negativas todas las situaciones de las sociedades pasadas. En todo caso, la Iglesia vive momentos de cambio, que incluyen la necesidad de un proceso de discernimiento sobre el papel de la mujer. Cualquier reflexión a este propósito, como en cualquier otro aspecto de la vida de la Iglesia, debe partir del Evangelio.


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