Más fuertes que el mal



Sólo por hoy seré feliz con la certeza de que he sido creado para la felicidad, no sólo en el otro mundo, sino en este también.

— San Juan XXIII

Padre Gabriele Amorth

Prólogo

Aquella mañana yo había asistido a 3 exorcismos. Ciertamente, no habían sido escenas muy agradables. Yo no dudaba de la existencia del diablo, pero si hubiera tenido alguna duda, se me habría desvanecido como la nieve ante el sol. Durante aquella misa, que como siempre había precedido a los ritos de liberación, en la iglesia cercana a la estación del metro, a 2 pasos de San Juan de Letrán, me había propuesto ingenuamente descubrir entre las personas presentes quiénes pudieran ser las que estaban endemoniadas. El padre Amorth me había dicho que los hay entre los que asisten tranquilamente misa y reciben bendiciones sin que suceda en ellos nada especial. Otros, con un largo recorrido de exorcismos a sus espaldas, tienen poco rechazo hacia lo sagrado. Debo confesar que me parecía haber identificado a alguna persona extraña.

Pero reconozco que no había percibido nada singular en las únicas dos personas presentes que luego se someterían al exorcismo. Otras no habían participado en la misa y llegarían mas tarde, de acuerdo con la hora de su cita.

De estas 2 personas, una en particular me había causado cierta impresión. Una chica normal de unos 25 años. Simpática en sus modales, muy reservada. Mientras en la sala junto a la iglesia el padre Amorth se preparaba para los exorcismos, bendiciendo todos los objetos y a las presentes, incluida el agua embotellada que a lo largo de la cálida mañana de verano necesitaría para calmar su sed, ella esperaba su turno en la iglesia. Ciertamente había rezado, la había visto absorta, sentada en uno de los últimos bancos. Miraba fijamente al sagrario. Por lo menos eso fue lo que me pareció.

Para el primer exorcismo, el padre Amorth me había invitado a sentarme a su lado. Tomé una silla. Me aproximé a la camilla de la sala, donde acababa de recostarse la mujer que iba a ser sometida al rito.

Luego, dándome cuenta de que ya había muchas personas con ella, busqué una excusa para alejarme un poco. El ambiente era pesado y trasladé mi silla más o menos hasta la mitad de la sala, junto a la mesa donde estaban los objetos para la bendición. Era el gesto prudente de quien prefiere mantenerse a distancia de lo que iba a suceder, pero también empujado por el oficio de cronista, que busca el mejor ángulo visual para tener bajo control la escena. Junto a mí estaban dos mujeres con su rosario en la mano. Dos personas más estaban sentadas en el otro lado de la sala. Un hombre y una mujer. También ellos, después de haber buscado en el bolsillo, pasaban las cuentas del rosario. Desde aquella posición yo podía verlos a todos. No podía creer que allí hubiera tanta gente.

Junto a la camilla, además de Amorth, estaban otros 3 sacerdotes. Luego, un hombre y 3 mujeres. Dos personas se encargaban de atender al público. Durante los exorcismos, en efecto, la iglesia permanecía cerrada y era necesario abrir la cancela a quien estaba citado.

El padre Amorth me había advertido sobre cuán atentos debían estar los exorcistas al escoger a sus colaboradores y, en cierto sentido, debían ser celosos con las personas que componen su grupo de oración. Porque todo exorcista necesita personas que oren con él, a su lado. Por medio de la oración es como se fuerza al demonio a manifestarse y luego a huir. Pero por sus palabras yo no había entendido que se tratara de una autentica forma de voluntariado: una misión espiritual realizada por un grupo de personas que, 2 veces por semana a las 8 de la mañana, se encuentran en aquella iglesia para orar hasta descubrir el infierno.


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