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Raniero Cantalamessa

PRESENTACIÓN

DESDE 1995 al 2001 he tenido el gozo de explicar, cada sábado, el Evangelio dominical en la TV con la rúbrica Las razones de la esperanza. Las reflexiones han sido publicadas en tres volúmenes, correspondientes a los tres años del ciclo litúrgico, con el título, respectivamente, de Predicadlo en los tejados; En sábado enseñaba y Pasa Jesús de Nazaret. Ahora todo este material, liberado de las referencias a situaciones contingentes, integrado con las dominicas y las fiestas del año que faltaban y reelaborado en cada una de sus partes, ve la luz con una nueva imagen en varios idiomas. El título está tomado de la invitación de Jesús a Pedro junto al borde del mar de Galilea: «Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar» (Lucas 5,4). No se trata de una explicación sistemática de las tres lecturas en clave exegética u homilética (para esto existen ya numerosísimos y válidos subsidios). Se ha buscado más bien escoger el tema dominante, concentrando sobre él toda la atención. Una mirada, en suma, sobre el Evangelio como con un «gran angular», esto es con la máxima apertura, casi con los ojos de quien se acerca a él por vez primera y permanece impresionado por su núcleo central o también por una sola frase. Las palabras de Jesús son un vino «fuerte» que, a veces, se saborea mejor a pequeños sorbos… Es una selección. Comporta alguna renuncia, pero tiene, creo, la ventaja de hacer accesible el Evangelio a un público mayor del frecuentemente interesado a este género de literatura. Un sustancioso índice temático ayudará a integrar el tema desarrollado en cada una de las dominicas con otros apuntes contenidos en el mismo pasaje y desarrollados en otra parte. La cosa a realizar cuando se quiere asegurar estar en orden no es «mirar al espejo», analizando sus materiales, la moldura, el soporte, sino «mirarse en el espejo». Incluso en relación con el «espejo» que es la palabra de Dios la cosa más importante no es resolver todos sus problemas críticos (texto, fuentes, variantes, divergencias), sino dejarse interpelar por ella. Mirarse en ella. Poner en práctica sus puntos claros, sin esperar haber resuelto antes sus puntos oscuros. He intentado seguir el ejemplo de san Agustín quien en los sermones al pueblo transmitía a los oyentes, con un lenguaje sencillo, lo esencial de lo que iba escribiendo en sus obras teológicas más comprometidas. «Prefiero-decía- ser entendido por un pescador que alabado por un doctor». Una preocupación constante ha sido la de hacer resaltar la extraordinaria «llamada» que el Evangelio tiene todavía hoy sobre la vida; como ello se arriesga, para decirlo con las palabras de la Gaudium et spes del concilio Vaticano II, «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo» (n. 1). La obra no está destinada solamente a los sacerdotes y a los catequistas, sino también a los simples fieles, es más, a todos los que (la experiencia de la TV me asegura que son muchos) son atraídos por la figura de Cristo y de su mensaje. Para facilitar el uso del material fuera de su contexto litúrgico y eclesiástico, se aportan los párrafos comentados (en español en la versión oficial de los textos litúrgicos aprobados por la Conferencia Episcopal Española) sin dar por presupuesto su escucha o la lectura directa de la Biblia. Se ha actuado de tal modo de hacer de cada uno de los tres volúmenes algo completo en sí, volviendo a aportar en cada uno la parte referente a las fiestas del año, a fin de poderlo utilizar sin remitir cada vez a los otros dos. Deseo que estas páginas puedan transmitir un poco de aquella alegría que yo he sentido al proclamarla y que muchísimas personas aseguran haber sentido al escucharlas en TV. Veinte siglos no han hecho más que confirmar las palabras del apóstol: «el Evangelio…que es fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree» (Romanos 1,16).




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