Queridos hermanos, debemos amarnos unos a otros, porque el amor viene de Dios. Todo el que ama es hijo de Dios y conoce a Dios.

— 1 Juan 4:7

Vicente Borragán Mata

Introducción

¿Tiene algún sentido hablar hoy de Jesús? ¿Qué importancia puede tener para la vida de la humanidad la existencia de un carpintero, que nació en Belén hace dos mil años y que murió en Jerusalén clavado en una cruz? ¿Qué incidencia puede tener su vida en nuestra historia? ¿Qué poder de convocatoria puede tener en un mundo que ha conquistado los espacios y que domina todas las fuerzas de la naturaleza? ¿Qué podrá aportarnos que no hayamos investigado, que no sepamos, que no seamos capaces de hacer? Se diría que, en el momento del crepúsculo de los dioses y de la mayoría de edad del hombre, todos los interrogantes que nos hagamos sobre su figura están fuera de lugar. Y, sin embargo, en medio de todas las voces que llenan nuestro mundo se sigue oyendo el rumor de que él ha vencido a la muerte. Eso es lo que no puede dejarnos fríos o indiferentes. El Resucitado ha llenado de esperanza la marcha de esta caravana humana y nos ha abierto de par en par las puertas de un reino que no tiene fin ni confín.

Hace ya muchos siglos que su recuerdo debería haber caído en el olvido. Pero en el caso de Jesús no han funcionado las leyes de la lógica ni las del deterioro. ¿Por qué no ha desaparecido su recuerdo de la historia? ¿Por qué, a pesar de tantos ataques, nadie ha sido capaz de reducirle al silencio? ¿Qué misterioso atractivo emana de esa figura? Las voces de los falsos profetas del fin del cristianismo se han apagado para siempre, pero su voz sigue resonando en el mundo entero. Su figura ha sido creada y recreada mil veces a lo largo de la historia. De él se han ocupado teólogos y filósofos, historiadores y novelistas, pintores y escultores, poetas y escritores, políticos y científicos. Unos le han contemplado con ojos de admiración, otros de rechazo; unos le han visto con la luz de la fe, otros con la de la razón; unos le han tratado desde la cercanía, otros desde la distancia; unos le han amado hasta morir, otros le han perseguido a muerte. Muchos han pretendido ocupar su lugar, pero ninguno lo ha conseguido. Dos mil años de historia no han podido apagar su voz ni borrar su recuerdo. Sus discípulos esparcieron su memoria por doquier y proclamaron ante el mundo entero que había resucitado y que él era el Mesías anunciado, el Hijo de Dios, el Señor y el Salvador de los hombres. Lo anunciaron en los pueblos y en las ciudades, a los hombres libres y a los esclavos. Y muchos dieron crédito a su testimonio y le aceptaron como su Señor.

¿Quién es ese sencillo judío, llamado Yeshúa, que vivió como un artesano o como un predicador itinerante, tan parecido en todo a cada uno de nosotros? ¿Quién es ese hombre, cuya voz ha sonado más fuerte que la de todos los poderosos de la tierra? ¿Quién es ese hombre, alrededor del cual se han reñido las más duras batallas de la historia? ¿Quién es ese hombre que se ha convertido en la piedra angular de la humanidad, de tal manera que arrancarlo de la historia sería conmoverla hasta sus cimientos? ¿Quién es ese hombre que se presenta como el Camino, la Verdad y la Vida?

Si Jesús no hubiera existido, se pregunta Paulo Coelho en el prólogo de un libro de Juan Arias, ¿cómo sería hoy nuestro mundo? ¿Cómo hubiese sido el arte, la música, la poesía, la pintura, la escultura, la literatura? ¿Qué visión tendríamos del mundo, del hombre, del amor, de la justicia, del más allá? Sin Jesús y la Iglesia, ¿qué música hubiera compuesto Bach? ¿Qué hubieran pintado Miguel Ángel, Rafael, Zurbano, Murillo y Velázquez? ¿Qué hubieran escrito san Agustín, Orígenes, san Jerónimo, santo Tomás de Aquino, san Juan de la Cruz y santa Teresa de Jesús? ¿En qué Dios o en qué dioses creeríamos? ¿Qué religión o qué religiones se hubieran implantado? ¿Qué quedaría si todo esto desapareciese ahora como por encanto?[1].

La historia de la investigación en torno a la figura de Jesús ha sido muy movida. Sobre todo a partir del siglo XVIII, las aguas han bajado muy turbias. Los críticos racionalistas han tratado por todos los medios de llegar a la figura histórica de Jesús, tal como pudo ser en los días de su paso por la tierra, una vez eliminados todos los elementos sobrenaturales que se le atribuyen en los evangelios. Pero los resultados de esa investigación han sido desoladores. Jesús fue presentado como un gran hombre, como un gran profeta, como un artista de la palabra, como un predicador de apocalipsis, como un maestro, como un reformador social, como un fariseo iluminado, como un judío marginal, como un exorcista o como un mago. Pero, ¿con cuál de esas imágenes podría ser identificado? Después de tantos ensayos nadie ha llegado a resolver el enigma que envuelve su figura. ¿Y si en verdad fuera el Hijo de Dios, como aseguran los evangelios?

Me apasionan los esfuerzos hechos por los historiadores para tratar de descubrir a Jesús, tal como se manifestó en los días de su paso por la tierra, pero jamás podría renunciar al Jesús confesado como Hijo de Dios, como Señor y Salvador. Me encantaría conocer su vida y su acción hasta en los más mínimos detalles, pero por nada del mundo renunciaría a contemplarle con los ojos de aquellos que le vieron resucitado y pudieron meter las manos en la llaga de su costado. No quisiera perderme ni al uno ni al otro, porque el uno y el otro son el mismo: Dios hecho carne humana.

¿Quién es Jesús? ¿Qué misterio se esconde detrás de esa existencia? ¿Qué tiene de especial ese carpintero? ¿Podemos dar crédito a lo que los evangelios nos dicen de él? ¿Cómo ha llegado la Iglesia a definir su fe en él? ¿Cómo puede afectarnos el hecho de que Jesús sea el Hijo de Dios, el Señor y el Salvador?

Estas páginas quieren ser mi humilde homenaje a Aquel a quien he conocido desde niño, a quien he seguido y amado durante toda mi vida, y a quien espero ver algún día por toda la eternidad.


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