¡Ah, qué miedo me dan los pecados de omisión, querido lector…! ¿Se ha parado a pensar alguna vez en ello?

— María Vallejo-Nágera

Dietrich von Hildebrand

INTRODUCCIÓN

Kant comienza su Fundamentación de la metafísica de las costumbres con la solemne sentencia: «Ni en el mundo, ni, en general, tampoco fuera del mundo, es posible pensar nada que pueda considerarse como bueno sin restricción, a no ser tan sólo una buena voluntad». En eso se basa, además de otras muchas cosas, la limitación de la ética a la esfera del querer. Un acto —a saber, el acto de la voluntad—, y acaso los bienes de una persona, es explicado e interpretado con respecto al valor moral de su único portador meramente como la disposición de donde mana una buena voluntad. La voluntad se caracteriza como único auténtico portador de lo moral. Todo lo demás que se contiene inmanentemente en este principio, por ejemplo la idea de una buena voluntad, ha sido discutido de diversas formas por muchos éticos desde Kant. No obstante, la identificación de ética y doctrina del querer correcto se ha hecho común entre los éticos. En la discusión sobre la ética kantiana, la restricción a la voluntad —que se ha pasado por alto como en carne y hueso manteniéndose siempre en vigor— y fenómenos éticos de patente plenitud para la mirada ingenua han sido casi siempre completamente ignorados, como si ellos se abrieran al mundo en el cristianismo.

Sin embargo, esa limitación no es en absoluto evidente. Tan sólo necesitamos pensar en las intuiciones éticas de Lutero para encontrar lo directamente contrario de esta concepción. Dice Lutero en su Libertad de un cristiano: «…de este modo, por todo ello, la persona debe primero ser buena y piadosa sobre todo en buenas obras», etc. Aquí se declara, contrariamente a Kant, que sólo a la persona le pueden corresponder valores morales. Con ello se plantea no sólo que los bienes se fundan últimamente en la persona, sino que únicamente a ella pueden corresponderle en general valores morales; los cuales se pasan por alto en todo acto, comoquiera que éste se haya efectuado, simplemente porque el acto es de esa persona. Sobre todo, basta ciertamente una mirada imparcial a la variedad de los hechos éticos (por ejemplo, una noble renuncia, un generoso perdón, un amor puro, una fidelidad; en fin, lo que llamamos un carácter noble) para ver qué diversos portadores de lo ético conoce la concepción natural del mundo además de la voluntad, y qué terriblemente grave es la afirmación de Kant.

Es una exigencia incondicional para la ética el examinar toda la riqueza de portadores de lo ético así como, en cierto modo, delimitar las esferas de objetos éticamente relevantes que conocemos en la vida ordinaria. Sólo una investigación de todos los portadores de lo ético que vengan al caso reconquistará primeramente para la ética la plenitud del mundo de valores éticos, y posibilitará una comparación de diferentes tipos de portadores según su rango como portadores de valor éticos. Pues no es difícil ver que la limitación de la ética a un tipo de portador —como la esfera del querer y del obrar— trae consigo también la limitación del mundo de valores ético. La ética kantiana, por ejemplo, apenas tiene en cuenta los bienes (el núcleo central del mundo de valores morales) frente al específico valor del aplicarse al deber, de la corrección moral. Basta recordar su argumentación en la que sale a la luz claramente esta preferencia. Él contrapone allí a la buena voluntad los «talentos del espíritu» y las «propiedades del temperamento» (como el gracejo, el entendimiento, la resolución, el coraje; todo ello ventajas extramorales), pero no la generosidad, la fidelidad, la bondad, la magnanimidad, etc. Por tanto, él únicamente considera de entrada ese valor moral específico y, junto a él, sólo lo extramoral; postura que concuerda plenamente con el criterio de la limitación a la voluntad.

Esa correspondencia de ciertos tipos de portador y ciertas cualidades de valor ético —que hace que la limitación de lo uno empobrezca también lo otro— no es, como enseguida se ve, ningún caso especial de Kant, sino que en general está fundada en la relación de portadores y valores portados. Por eso nos parece que ya es hora de examinar de nuevo a fondo ese presupuesto, que se ha convertido en evidente, según el cual la voluntad es la única portadora de lo moral.

Una acción misma puede ser portadora propia de un predicado de valor ético. Así, por ejemplo, si digo: «¡Qué hermoso que este hombre haya ayudado a otro, qué bello de su parte, qué noble acción!». En este caso, mediante la realización de la acción el mundo se ha enriquecido con un bien moral; si se hubiera omitido, el mundo sería más pobre en cuanto a ese bien. Aquí, la acción misma es portadora de un valor moral, aunque evidentemente también sólo como acción de una determinada persona.

Así como las acciones pueden ser portadoras de valores morales, también puede serlo la esencia de la persona. Decimos de ciertas personas: «en sus ojos se puede ver su pureza, su bondad, en su rostro se expresa su nobleza de alma». Y de otras: «su semblante habla ya de su entera mezquindad, vulgaridad, etc.». Aquí no nos encontramos con un acto valioso cualquiera, pues en el aspecto correspondiente no se manifiesta una vivencia valiosa o disvaliosa (como cuando hablamos de rostros coléricos, emocionados o radiantes de alegría), sino que aquí se trata de la esencia de la persona que, presentando una unidad propia independiente incluso de todo acto, se expresa en su valor o disvalor. También las acciones pueden hacer simplemente de signos para la esencia de la persona, o sea, ellas mismas pueden presentar a la persona en su valor o disvalor, prescindiendo entonces completamente del valor moral propio que ellas realizan «como» acciones. Pongamos el caso de que yo admiro a una persona y creo firmemente en la altura moral de su esencia; y en una ocasión veo cómo el sujeto en cuestión perjudica de algún modo a otro. La acción es quizá relativamente insignificante en sí misma, pero el modo en el que ese tal la realiza, su comportamiento en ella, puede ser de una manera que de repente me haga verle bajo una luz completamente nueva. Si hablo aquí de una acción ruin, lo que entonces se me manifiesta de golpe en la acción no es la acción misma a la que me refiero como portador de ese disvalor, sino la esencia de la persona. Veo que me había equivocado en la persona, de repente me adentro con la mirada, como a través de una ventana, en la vulgaridad y mezquindad de esa esencia.


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