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San Agustín

CAPÍTULO I

De la necesidad de la gracia

1. Después de leer, queridísimo hermano Valentino y amigos que servís juntamente al Señor, la carta que me enviasteis por medio del hermano Floro y de los que con él vinieron a visitarme, he dado gracias a Dios al ver por el testimonio que me dais vuestra paz en el Señor y vuestra concordia en la profesión de la verdad y el ardor de vuestra caridad y cómo las maquinaciones con que se esforzó el enemigo para procurar la perdición de algunos, por la misericordia de Dios, que con admirable bondad ha trocado sus asechanzas en provecho de los siervos, sin traer daño para ninguno de vosotros, han contribuido para una mayor instrucción de algunos.

No es, pues, ya necesario volver a todos los argumentos que con suficiente amplitud fueron expuestos en el libro que les envié; cómo lo recibisteis, lo dice bien vuestra respuesta.

Sin embargo, no creáis de ningún modo que una simple lectura basta para agotar su contenido. Si queréis recabar de él muy copioso fruto, no os pese el repetir su lectura para asimilar bien sus argumentos, a fin de que sepáis bien a cuáles y cuan graves cuestiones ha dado allí solución y remedio no la autoridad humana, sino la divina, de la que nunca nos hemos de separar, si deseamos llegar a donde queremos ir.

2. Pues el Señor no sólo nos ha mostrado el mal que hemos de evitar y el bien que hemos de practicar, cosa que sólo está al alcance de la letra de la ley, sino también nos ayuda a evitar el mal y a obrar el bien, y esto nadie lo consigue sin el espíritu de la gracia, faltando el cual la ley sólo sirve para nuestra culpable condenación. Porlo cual dice el Apóstol: La letra mata, pero el espíritu vivifica. Quien, pues, legítimamente se sirve de la ley, por ella viene en conocimiento del mal y del bien y, desconfiando de sus fuerzas, acude a la gracia, para que con su ayuda evite lomalo y haga lo bueno.

Mas ¿quién acude a la gracia sino aquel cuyos pasos dirige el Señor y quiere ir por sus caminos? Por lo cual aún el desear el socorro de la gracia es principio de la gracia, del que dice el Salmista: Y dije: ahora comienzo; ésta es una mudanza de la diestra del Altísimo. Se ha de confesar, pues, que poseemos el libre albedrío para el mal y para el bien; mas para hacer el mal, uno se aparta de la justicia y sirve al pecado, mientras nadie es libre para hacer el bien, si no es libertado por el que dijo: Si el Hijo de Dios os librare, entonces seréis verdaderamente libres. Lo cual no significa tampoco que, una vez conseguida la libertad de la tiranía del pecado, deja de necesitar el auxilio del Libertador; antes bien, oyendo lo que Él dice: Sin mi nada podéis hacer, debe responderle el libertado: Sé tú mi socorredor y no me abandones.

Alborózame el saber que vuestro hermano Floro profesa esta fe, que, sin duda, es la verdadera, profética, apostólica y católica; por lo cual más bien han de ser corregidos los que no le entendían, los cuales, por la misericordia de Dios, creo yo que ya habrán mudado de parecer .








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