Madera Verde


Al celebrar la Eucaristía en tantos altares del mundo, agradecemos al eterno Sacerdote el don que nos ha dado en el sacramento del Sacerdocio. Y que en esta acción de gracia demos también gracias a Santa María por el inefable don del Sacerdocio.

— San Juan Pablo II

Mamerto Menapace

Carta de presentación

Mis queridos jóvenes:

Quisiera comenzar este librito contándoles un sucedido. No es un cuento. Me lo contó un entrerriano amigo y le supo suceder a él en persona, allá por los tiempos en que era gurí y todavía vivía su Tata.

Una mañana Cancio sintió que su Tata lo llamaba. Para allá fue y se paso a sus órdenes. Evidentemente el Tata andaba preocupado y con algo urgente que encomendarle. Porque sin darle ningún tipo de explicación ni de por qué, simplemente le ordenó que preparara el caballo a fin de pegarse un galope hasta la casa de un pariente al que tenía que llevarle un parte.

Cancio era pequeño. Para subir al caballo tenía todavía que recurrir a las consabidas tretas de todos los gurises, arrimando el montado a la tranquera o al alambrado. Pero esta vez no necesitaba hacerlo, porque lo ayudaría su Tata. Por eso llevó el caballo hasta el centro del patio y aguardó allí.

Sin explicaciones el Tata le levantó la camisita y le añudó por debajo de la ropa y sobre su cuerpo un largo pañuelo doblado cuidadosamente, que a juzgar por el bulto que formaba, debía contener una carta y algo más. Las órdenes que acompañaron el gesto fueron breves y perentorias:

—No te entretengás en el camino. No te quedés a conversar con nadie. Andá hasta la casa del tío y entregale esto. Y me traés lo que él te ponga en el pañuelo. No lo desatés ni lo digás a nadie. Sobre todo tené cuidado con los otros chicos que salen de la escuela.

Y allá fue el gurisito Cancio, lonja y talón a su caballo manso y mañero, de puro viejo. Al llegar a la casa del tío, éste lo esperaba impaciente. Señal de que ya estaba sobre aviso y sabia el motivo de su misión. Sin muchas preguntas lo bajó del montado y levantándole la camisita, le desató el pañuelo, con el que entró a la casa. Al rato salió. Nuevamente se repitió el rito del pañuelo que fue ceñido al cuerpo por debajo de la ropa. También ata vez había una carta. Pero el bulto había desaparecido. Se repitieron las mismas recomendaciones.

Al pasar frente a la escuela en su regreso, los niños que salían de ella le gritaron que los esperara. Pero nuestro gurí se les hizo perdiz por un atajo, y así llegó hasta su casa. El Tata lo estaba esperando de a caballo en la tranquera, quizá inquieto por la tardanza Recién se tranquilizó cuando leyó la carta que traía la respuesta a su envío. Entonces sonrió al chico, y lo devolvió a sus juegos.

Me comentaba, ya de grande, este amigo entrerriano, que nunca supo qué contenía aquel envío. Pero debió ser algo importante porque tanto el Tata como el pariente habían tomado la cosa muy en serio.

¿Saben una cosa? También yo me siento hoy un poco como el gurí que tuvo que hacer de chasqui. Siento sobre mi piel un mensaje que Tata Dios me ha añudado. No sé bien qué contiene. Pero sé que es para ustedes y que viene de parte de Tata Dios. Calculo que ustedes ya estarán en antecedentes.

Aquí va. Léanlo y después le responden directamente a El. Pero quédense con el bulto.

Mamerto Menapace


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