Cuanto más conocía, más se fortalecía mi fe. Nunca he tenido crisis de fe. En mis libros he profundizado. Pero veo que muchos sacerdotes al estudiar teología su fe se pone en crisis. A mí me pasó al contrario: a más conocimiento, más fe.

— Vittorio Messori

Benedikt Baur, O. S. B.

Prólogo

En los años pasados, con motivo de la renovación litúrgica y de algunas consideraciones nuevas surgidas en el campo de la devoción católica, se ha escrito y discutido no poco acerca de la confesión frecuente de los pecados veniales o, como se la ha llamado, de la confesión por devoción. El mismo papa, Pío XII, en su Encíclica Mystici Corporis (1943), dedicó su atención a la confesión frecuente; y saliendo al encuentro de algunos que «aseguran que no hay que hacer tanto caso de la confesión frecuente», la tomó bajo su protección: «Queremos recomendar con mucho encarecimiento el piadoso uso de la confesión frecuente, introducido por la Iglesia no sin una inspiración del Espíritu Santo». Con ello queda claro el juicio que la Santa Iglesia tiene formado de la confesión frecuente. «Quien trate de rebajar el aprecio de la confesión frecuente tenga a bien reflexionar –dice la Encíclica– que acomete una empresa extraña al Espíritu de Cristo y funestísima para el Cuerpo místico de nuestro Salvador».

Por desgracia, hay no pocos, aun en los sectores católicos, que oponen reparos contra la confesión frecuente y se creen obligados no sólo a no recomendarla, sino a desaconsejarla, cuando por su parte la Iglesia, en su Código de Derecho Canónico, casi la convierte en deber para los seminaristas y para los religiosos.

Desde la primera edición de Beseligende Beicht, 1922, a causa de las dificultades que se han opuesto a la confesión frecuente, han surgido nuevos e importantes puntos de vista; se han hecho buenas y prácticas observaciones para dar mayor vida a la confesión frecuente. Por eso me ha parecido necesario retocar a fondo las antiguas ediciones, utilizando, compendiando y sistematizando los nuevos conocimientos.

La confesión frecuente está ante todo escrita para los numerosos sacerdotes y religiosos que aspiran seriamente a la perfección, así como también para muchos seglares verdaderamente devotos. Yo, por mi parte, estoy firmemente convencido de que en estos círculos se siente un vivo anhelo de practicar la confesión frecuente, y practicarla de manera que sea verdaderamente provechosa y creadora de nueva vida. No ha de ser una mera «práctica»; no debe practicarse mecánicamente o tan sólo porque a los religiosos les ha sido prescrita por el Código de Derecho Canónico y por la regla. Por eso el presente trabajo se propone profundizar en la confesión frecuente, darle vida, hacerla comprender y exponer su alto valor para la vida cristiana.

El abad Butler escribe: «A medida que los católicos cultos y de alto nivel intelectual vayan compenetrándose más con la corriente del catolicismo vivo, y con sencillez de corazón tomen parte en las usuales prácticas devotas –cada cual según sus dotes personales, sus inclinaciones y preferencias–, más se remontarán en la religión del espíritu» (Benedictinisches Mönchtum, 309). A mí me parece que esta frase tiene especial valor respecto de la confesión frecuente, desde que tan usual es en la Iglesia, y tan encarecidamente ha sido recomendada por la Suprema Autoridad.

Por lo que toca al título del libro, me parece que debo prescindir del antiguo; y, asimismo, desechar otras expresiones, como confesión devota, que, aun cuando en sí sean muy expresivas y acertadas, no gustan tanto entre nosotros. Y ahora, después que Pío XII ha empleado la palabra «confesión frecuente», he resuelto dar a la nueva edición este título: La confesión frecuente. Y por confesión frecuente entendemos la confesión exclusiva de pecados veniales o válidamente confesados ya antes y perdonados, que ahora se confiesan de nuevo o «se incluyen». Se trata de una confesión que se hace frecuentemente, por lo menos una vez al mes.

Abadía primada de Beuron, Pentecostés, 1945.


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