Felices los que saben reírse de sí mismos, porque nunca terminarán de divertirse.

— Santo Tomás Moro

JUAN PABLO II

CATEQUESIS SOBRE LA IGLESIA

Notas de la Iglesia

1. Comenzamos hoy un ciclo nuevo de catequesis dedicadas a la Iglesia, cuyo Símbolo niceno-constantinopolitano nos hace decir: «Creo en la Iglesia una, santa, católica y apostólica». Este Símbolo, así como también el anterior, llamado de los Apóstoles, une directamente al Espíritu Santo la verdad sobre la Iglesia: «Creo en el Espíritu Santo ( ) Creo en la santa Iglesia católica».

Este paso del Espíritu Santo a la Iglesia tiene una lógica, que santo Tomás explica al comienzo de su catequesis sobre la Iglesia con estas palabras: «Vemos que en un hombre hay una sola alma y un solo cuerpo y, sin embargo, este cuerpo tiene diversos miembros; así también la Iglesia católica es un solo cuerpo, pero tiene muchos miembros. El alma que vivifica a este cuerpo es el Espíritu Santo. Y, por eso, después de la fe en el Espíritu Santo, se nos manda creer en la santa Iglesia católica» (Cfr. In Symbolum Apostolorurn Expositio, art. 9).

2. En el Símbolo Niceno-constantinopolitano se habla de Iglesia «una, santa, católica y apostólica». Son las llamadas «notas» de la Iglesia, que exigen cierta explicación introductiva, aunque volveremos a hablar de su significado en las catequesis siguientes.

Veamos qué dicen a este propósito los dos últimos Concilios.

El Concilio Vaticano I se pronuncia sobre la unidad de la Iglesia con palabras más bien descriptivas: «el Pastor eterno (…) decretó edificar la Santa Iglesia en la que, como en casa del Dios vivo, todos los fieles estuvieran unidos por el vínculo de una sola fe y caridad» (Cfr. DS 3050).

El Concilio Vaticano II, a su vez, afirma: «Cristo; único Mediador, instituyó y mantiene continuamente en la tierra a su Iglesia santa, comunidad de fe, esperanza y caridad, como un todo visible». Y más adelante: «La Iglesia terrestre y la Iglesia enriquecida con los bienes celestiales (…) forman una realidad compleja que está integrada de un elemento humano y otro divino (…) ésta es la única Iglesia de Cristo, que en el Símbolo confesamos» (Lumen Gentium, 8). Hablando de esta Iglesia, el Concilio enseña que es «en Cristo como un sacramento, o sea, signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano» (Lumen Gentium, 1).

Está claro que la unidad de la Iglesia que confesamos en el Credo es propia de la Iglesia universal, y que las Iglesias particulares o locales son tales en cuanto participan en esta unidad. Se la reconocía y predicaba como una propiedad de la Iglesia ya desde los comienzos: desde los días de Pentecostés. Es, por tanto, una realidad primordial y esencial en la Iglesia, y no sólo un ideal hacia el que se tiende con la esperanza de alcanzarlo en un futuro desconocido. Esta esperanza y esta búsqueda pueden hacer referencia a la actuación histórica de una reunificación de los creyentes en Cristo, pero sin anular la verdad enunciada en la carta a los Efesios: «Un solo cuerpo y un solo espíritu, como una es la esperanza a que habéis sido llamados» (Ef 4, 4), ésta es la verdad desde los comienzos, la que profesamos en el Símbolo: «Credo unam (…) Ecclesiam».

3. La historia de la Iglesia, sin embargo, se ha desarrollado ya desde los comienzos entre tensiones e impulsos que comprometían su unidad, hasta el punto de que suscitó llamamientos y amonestaciones por parte de los Apóstoles y, en particular, de Pablo, quien llegó a exclamar: «¿Está dividido Cristo?» (1 Cor 1, 13). Ha sido y sigue siendo la manifestación de la inclinación de los hombres a enfrentarse unos a otros. Es como si se debiera, y quisiera, desempeñar el propio papel en la economía de la dispersión, representada eficazmente en las páginas bíblicas sobre Babel.


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