Del Gobierno de los Príncipes


No puedo persuadirme a mí mismo de que sin amor a los demás, y sin, en lo que a mí respecta, paz para con todos, puedo ser llamado un siervo digno de Jesucristo.

— San Basilio el Grande

Santo Tomás de Aquino

INTRODUCCIÓN

El opúsculo Del Gobierno de los Príncipes (De Regimine Principum ad Regem Cypri) tiene especial interés entre los demás opúsculos de Santo Tomas de Aquino, porque encontramos en él resumidas las ideas del Santo Doctor acerca de un problema que siempre, pero en nuestros días de una manera especial, exige la atención de todos los estudiosos: el Estado. He aquí porque hemos tenido particular empeño en dar a conocer a los lectores de la Colección de Espiritualidad Cristiana esta preciosa obra, (de la que no existe, que sepamos, ninguna moderna edición en castellano) , reeditando una traducción tan fiel y castiza como desconocida en nuestros días: la de Don Alonso Ordoñez das Seyjas y Tobar, quien en 1624 prestó a la literatura castellana el inapreciable servicio de una cuidadosa versión de nuestro opúsculo.

El tratado De Regimine Principum esta dividido en cuatro libros, en los cuales, como indica el mismo argumento que como prologo nos ofrece Santo Tomás, se intenta explicar “lo que es el reino”, es decir, “el origen del reino y las cosas que pertenecen al oficio del Rey, conforme a la autoridad de la divina Escritura, preceptos de filósofos y ejemplos de loables príncipes”. Estamos, pues, ante un tratado acerca de la naturaleza, del origen y de las funciones del Estado, encarado con toda amplitud. No pudo el Santo Doctor llevar a cabo su obra. En el primer libro se ocupa, en los primeros capítulos, del origen y de la naturaleza del poder político, refiriéndose a sus varias formas. Luego estudia, a través de los libros Primero y Segundo, lo que pertenece al Rey o Príncipe en particular y su forma de ejercitar las funciones de gobierno respecto de los súbditos. Los libros 3° y 4°, después de una repetición de la doctrina de Santo Tomás acerca de la naturaleza y función del Estado, se detienen en considerar los ejemplos de los grandes Estados de la antigüedad de Grecia, Roma y de la era cristiana.

Aun cuando no faltan autores que hayan atribuido íntegramente el opúsculo a Santo Tomás de Aquino, (y entre ellos el traductor de la presente obra, quien se esfuerza por demostrarlo en la dedicatoria) sin embargo, la crítica actual da por firmemente establecido que sólo es autentico de Santo Tomas el libro 19 y la primera parte del libro 2°, hasta el capitulo 4°. Los capítulos siguientes del libro 2°, se atribuyen generalmente a Tolomeo de Luca, discípulo y biógrafo de Santo Tomás, quien, según la opinión más probable, terminó el libro 2° utilizando las notas de su maestro.

Los otros dos libros, 3° y 4°, atribuidos también a Tolomeo de Luca, pertenecen mas probable­mente a otro autor de la misma época. Que los dos últimos libros no son de Sto. Tomas, resulta claro si se atiende a la misma doctrina, en la que falla la precisión histórica y doctrinal en algunos capítulos. Debemos indicar, para guía de nuestros lectores, las más importantes fallas en su aspecto doctrinal, dejando de lado las fallas históricas. Helas aquí, notadas por Juan Ambrosio Barbavara y aducidas por el celebre De Rubeis: “En el tercer libro, sin ningún fundamento, se saca a luz el dominio sacerdotal, como una espontánea conclusión (cap. 10). Asimismo, con demasiada precipitación se cita a los emperadores Federico, Conrado y Manfredo, como refugio de todos los criminales.

Se intenta confirmar tanto la potestad temporal como la espiritual del Romano Pontífice con el texto de Mateo, 16: “Lo que desatares sobre la tierra, etc.”, como si el Romano Pontífice fuera señor temporal por derecho divino, no distinguiendo el autor entre la potestad temporal del Papa y la potestad que tiene sobre lo temporal por su relación con lo espiritual (Ibid.). En el capitulo 12 enumera la monarquía de Cristo junto con las demás monarquías del mundo, sin considerar debidamente aquellas palabras de S. Juan, 18: “Mi reino no es de este mundo”. Lo que repite más expresamente en el capítulo 16, donde afirma que Cristo, aunque desde la infancia era Rey de Reyes, sin embargo, permitió que algunos emperadores reinaran hasta Constantino; al cual lo castigo con la lepra para que cediera a San Silvestre el dominio del mundo: de donde se sigue que los Cesares anteriores a Constantino fueron poseedores de mala fe. Es imposible creer que a Sto. Tomas se le hayan ocurrido tales cosas, aún cuando siempre haya afirmado con el mayor empeño la potestad pontificia. En el libro 4° se nota a Aristóteles atribuyendo de mala fe a Sócrates la comunidad de 1as mujeres, en lo cual manifiesta claramente que no ha leído bien el libro 5° De la República.


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