El hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa de él vivamente. El amor se siente, no se ve; el amor silencioso es el mas fuerte de todos

— San Juan Pablo II

Fulton J. Sheen

Capítulo primero

El amor comienza con un ensueño

Todo ser humano tiene en lo íntimo de su corazón un diseño fiel del ser al que ama. Lo que aparentemente es “amor a primera vista”, en realidad de verdad es el cumplimiento de un anhelo, es la realización de un ensueño o aspiración. Precisamente, por saber esto, afirmó el filósofo Platón que todo conocimiento no es más que un recuerdo de una existencia previa. Afirmación, que expuesta en esa forma, no es verdad, pero sí lo es si la entendemos en el sentido de que antes de amar ya tenemos en nosotros un ideal del ser amado, ideal creado por nuestros pensamientos, por nuestros hábitos, por nuestra experiencia y nuestros deseos. Si así no fuera, ¿cómo se explicaría que al ver determinadas personas o cosas, comprobamos inmediatamente que ya las amábamos? Antes de conocer a tales o cuáles seres humanos somos guiados por un módulo o diseño previo determinante del que nos agradará o nos desagradará; algunas per­sonas concuerdan con ese diseño, otras, no.

Cuando por vez primera oímos una determinada pieza de música, nos place o no nos place. La juzgamos teniendo como norma la música que ya hemos oído en nuestros corazones. Las mentalidades inestables y movedizas, incapaces de mantenerse prolongadamente en un tema de pensamiento o en la ponderable continuidad de un mismo ideal, aman la música excitante, enloquecedora y saltarina. Por el con­trario, las mentalidades ponderadas aman la música apacible; tienen ya en su corazón una melodía secreta, y un buen día, al ser pasada una determinada pieza musical, el corazón contesta: “¡Aquí está la música anhelada, mi música!”

Y otro tanto sucede en el amor. Un invisible arquitecto labora dentro del corazón humano trazando el diseño del amor ideal, en base a la gente que conocemos, a los libros que leemos, a nuestros anhelos y ensueños, todo ello acariciando la esperanza de que algún día nuestros ojos verán y nuestras manos palparán la cristalización de la imagen así formada. La vida nos satisface desde el momento en que vemos a ese sueño caminando en la persona que se nos muestra como la encarnación de todo lo que amamos. El agrado es instantáneo porque la espera había durado muy largo tiempo. Algu­nos pasan por la vida sin llegar a hallar lo que ellos denominan su ideal. Esto sería muy decepcionante si el ideal no existiera realmente. Pero, en realidad, sí existe el ideal absoluto de todo corazón, y es Dios. Todo amor humano es una iniciación para el Eterno. Algunos hallan este Ideal en la sustancia, sin tener que recurrir a la sombra del Mismo.

También Dios tiene en Sí diseños, módulos de todo lo que hay en el universo. Así como el arquitecto tiene en su mente el plan de la casa, antes de construirla, así Dios tiene en Su Mente una idea arquetipo de toda flor, de toda ave, de todo árbol, de la primavera, de toda melodía. Jamás un pincel roza una tela, o un cincel hiere el mármol sin que haya una idea preexistente. Así también, cada átomo y cada rosa es la realización, la concretización de una idea existente en la Mente de Dios, y desde toda la eternidad. Todas las creaturas, inferiores al ser humano, corresponden al modelo que Dios tiene en Su Mente. Un árbol es verdaderamente un árbol porque responde a la idea que Dios tiene del árbol; una rosa es una rosa porque tal es la idea de Dios, realizada en compuestos químicos, en tintes y vida. Pero, no es así con las personas. Acerca de nosotros Dios tiene dos imágenes: la una es la que corresponde a lo que somos: la otra a lo que debemos ser; tiene el modelo y tiene la realidad; el plano y el edificio; la partitura de la música y la ejecu­ción que hacemos de la misma. Dios tiene que tener ambas porque en todos y cada uno de nosotros hay alguna desproporción y carencia de conformidad entre el plan original y el modo cómo lo realizamos. La imagen es borrosa, la impresión desleída. Sucede que nuestra personalidad no es completa en el tiempo, necesitamos un cuerpo renovado. Además, los pecados disminuyen nuestra personalidad, los malos actos manchan la tela diseñada por la Mano del Maestro. Como huevos separados del nido, algunos seres humanos se niegan a ser calentados por el Amor Divino, necesario para la incubación que los ha de elevar a un nivel superior. Necesitamos continuamente ser reparados, nuestros actos libres no coinciden con la ley de nues­tro ser, distamos mucho de lo que Dios quiere que seamos. San Pablo nos hace saber que, aun antes de que fueran echados los fun­damentos del mundo, ya estábamos predestinados a ser hijos de Dios. Pero, algunos de nosotros no cumplimos ese anhelo.


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