Fulton J. Sheen

La primera palabra: El valor de la ignorancia

LA primera palabra de la Santísima Virgen María ¿Cómo puede ser eso, si yo soy virgen? Lucas 1:34

   

La primera palabra de Nuestro Señor Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. Lucas 23:34

Mil años de antes que Nuestro Señor naciera, vivió el más grande de todos los poetas: el gran Homero de los griegos. A él se le atribuyen s obras épicas: la Ilíada y la Odisea. El héroe de la Ilíada no era Aquiles, sino Héctor, el líder de los enemigos troyanos a quien Aquiles venció y mató. El poema no termina con la gloria de Aquiles, sino con la derrota de Héctor.

El otro poema, la Odisea, tiene un héroe, no Odiseo, sino su esposa, Penélope, quien le fue fiel durante todos los años que él estuvo de viaje. Cada vez que los pretendientes le rogaban su amor, ella les respondía que en cuanto terminara de tejer la prenda que tenía ahí consigo, consideraría sus muestras de cariño. Pero cada noche deshacía lo que había avanzado durante el día y así permaneció fiel hasta que su esposo regresó. “De todas las mujeres,” decía, “yo soy la que más sufre”. Bien se le podrían aplicar las palabras de Shakespeare: “La pena se instala en mi alma como en un trono. Ordenad a los reyes que vengan a inclinarse ante ella”.

Durante los mil años que precedieron al nacimiento de Nuestro Señor, en la antigüedad pagana resaltaron dos cuentos del poeta que retó a la historia con el desafío misterioso de exaltar a un hombre derrotado y alabar a una mujer que sufre.

La pregunta de los siglos posteriores fue: ¿Cómo puede alguien ser victorioso en la derrota y glorioso en el dolor? La respuesta no llegó sino hasta el día en que vino uno que fue glorioso en la derrota: Cristo en la cruz y una que era alabada en su dolor: su Madre Santísima al pie de la cruz.

Es interesante que nuestro Señor hablara siete veces en el Calvario y que su madre haya hablado siete veces en todo el Evangelio. La última evidencia de sus palabras la encontramos en las Bodas de Caná, donde empezó la vida pública de su Divino Hijo. Ahora que había salido el sol, no había más necesidad de que brillara la luna. Ahora que la Palabra se había pronunciado, no había necesidad de palabras.

San Lucas registra cinco de las siete palabras que pudo haber conocido solamente a través de Ella. San Juan menciona las otras dos. Uno se pregunta, si mientras nuestro Señor pronunció cada una de sus siete palabras, su Santísima Madre, a los pies de la cruz, no pensó en cada una de las palabras que le correspondían a ella. Estas serán la materia de nuestra meditación: las Siete Palabras de Nuestro Señor en la Cruz y las Siete Palabras en la Vida de María.

Los hombres no soportan la debilidad. En cierto sentido, los hombres son el sexo débil. No hay nada que altere más a un hombre que las lágrimas de una mujer. Por consiguiente, los hombres necesitan la fortaleza y la inspiración de las mujeres que no se derrumban ante una crisis. Necesitan a alguien que no se postre a los pies de la cruz, sino a alguien, como María, que se mantenga en pie. Juan estuvo ahí, la vio justamente así y lo escribió en su Evangelio.

Generalmente cuando sucede que hombres inocentes sufren a manos de jueces injustos, sus últimas palabras son: “soy inocente” o “la justicia no existe”. Pero aquí, por primera vez en la historia de la humanidad, escuchamos a un hombre que no pide perdón por sus pecados, ya que es Dios, ni proclama su propia inocencia, ya que los hombres no son jueces para Dios. Él pide por los que lo matan: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc 23:34).


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