Fulton J. Sheen

PROLOGO

Este año volvía a ver a Monseñor Fulton J. Sheen en la noche de un martes, a las ocho y media.

Todas las semanas escuchan unos diez millones de personas las conferencias que pronuncia en su despacho particular de la calle Treinta y ocho, bajo la mirada de la Virgen y ante una gran cruz que parece abrazar al mundo entero.

Monseñor participaba en el programa Dumont de televisión a la misma hora que actuaba Milton Berle, escriturado para treinta años por 30,000,000 de dólares, lanzando al espacio su propaganda, de tan diferente índole.

No me cabe la menor duda de que todas mis amistades estaban comprometidas todos los martes para una cierta hora de la noche, porque en oficinas, por la calle y por teléfono me decían:

No, no…; nos veremos a las nueve y media…; antes, no me es posible atenderle. Y un amigo israelita, más explícito, me confesó:

– Mire, Padre, será mejor que aplacemos para el miércoles el festival a beneficio de su “Ciudad del Muchacho”, de Bolonia, porque… el martes no vendría nadie: todos se quedan en sus casas para ver y oír a Monseñor Sheen…

Y los martes, a la hora citada, millones de ojos avizores fijaban en él sus miradas, en su manteo episcopal, en la Virgen que presidía detrás de él, resplandeciente por las luces de la televisión. Y a la par que se guardaba un silencio impresionante, latían los corazones en contacto de una extraña felicidad.

– Gracias, señores por haberme permitido la entrada esta noche también en vuestra casa como invitado…

Estas palabras, que repetía todas las noches, siempre parecían nuevas por estar impregnadas cada vez de nuevo sabor.

Sus conferencias versan sobre cosas sencillas, cosas de la vida de cada día; sus palabras se refieren a las realidades que diariamente tocamos con los dedos de la mano y ocupan nuestra cotidiana atención, pero dicho todo ello con la galanura de un artista y con la caridad de un santo.

En junio último, cuando salí del aeropuerto de Idle Wild, de Nueva York, la publicidad de Milton Berle se hallaba en peligro. A Monseñor Sheen le ofrecieron sobre 100,000 dólares para que variase su programa, a lo que no accedió, desde luego.

Las gentes de los Estados Unidos vienen escuchando por espacio de más de veinte años a ese elocuente predicador, que inició su apostolado aquel lejano 1929, en que fue ordenado de sacerdote el humilde hijo de los campesinos Newton Morris y Delfa Fulton. Nadie se cansa de oírlo, ni tampoco él de hablar. Parece que ni siquiera sean suficientes los 40 libros que ha publicado para expresar todo lo que tiene en su corazón.

Tal vez ocurra así por ser siempre nuevos los males que sabe curar.

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