Libro de Las Causas y Remedios de las enfermedades



Vuestro amor me previno desde la infancia, creció conmigo, y ahora es un abismo cuya profundidad me es imposible medir.

— Santa Teresa de Lisieux

Santa Hildegarda de Binguen

SEMBLANZA DE SANTA HILDEGARDA

por SS. el Papa Benedicto XVI

En diciembre de 2011, el Papa Benedicto XVI dejó traslucir su intención de declarar Doctora de la Iglesia a Santa Hildegarda de Binguen, cosa que hizo el 7 de Octubre de 2012 al nombrarla cuarta doctora de la Iglesia Católica tras Santa Teresa, Santa Catalina y Santa Teresita. El Papa, que en mayo la había incorporado al catálogo de los santos, dedicó a su vida y obras dos catequesis sucesivas que se extractan a continuación:

En aquellos siglos de la historia que habitualmente llamamos Edad Media, muchas figuras femeninas destacaron por su santidad de vida y por la riqueza de su enseñanza: Hoy quiero comenzar a presentaros a una de ellas: santa Hildegarda de Bingen, que vivió en Alemania en el siglo XII.

Nació en 1098 en Renania, en Bermersheim, cerca de Alzey, y murió en 1179, a la edad de 81 años pese a su salud continuamente frágil. Hildegarda pertenecía a una familia noble y numerosa y sus padres la dedicaron desde su nacimiento al servicio de Dios. A los ocho años, a fin de que recibiera una adecuada formación humana y cristiana, fue encomendada a los cuidados de la maestra Judith de Spanheim. En la clausura junto al monasterio benedictino de san Disibodo se fue formando un pequeño monasterio femenino de clausura que seguía la regla de san Benito.

Hildegarda recibió el velo de manos del obispo Otón de Bamberg y, en 1136, cuando murió la madre Judith, que era la superiora de la comunidad, las hermanas la llamaron a sucederla. Desempeñó esta tarea sacando fruto de sus dotes de mujer culta, espiritualmente elevada y capaz de afrontar con competencia los aspectos organizativos de la vida claustral. Años más tarde, también a causa del número creciente de las jóvenes que llamaban a las puertas del monasterio, Hildegarda fundó otra comunidad en Bingen, dedicada a san Ruperto, donde pasó el resto de su vida. Su manera de ejercer el ministerio de la autoridad es ejemplar para toda comunidad religiosa: suscitaba una santa emulación en la práctica del bien, tanto que, como muestran algunos testimonios de la época, la madre y las hijas competían en amarse y en servirse mutuamente.

Ya en los años en que era superiora del monasterio de san Disibodo, Hildegarda había comenzado a dictar las visiones místicas que recibía desde hacía tiempo, a su consejero espiritual, el monje Volmar, y a su secretaria, una hermana a la que quería mucho, Ricarda de Strade.

Como sucede siempre en la vida de los verdaderos místicos, también Hildegarda quiso someterse a la autoridad de personas sabias para discernir el origen de sus visiones, temiendo que fueran fruto de imaginaciones y que no vinieran de Dios. Por eso se dirigió a la persona que en su tiempo gozaba de la máxima estima en la Iglesia: san Bernardo de Claraval […] que la tranquilizó y alentó. Y en 1147 recibió otra aprobación importantísima: El Papa Eugenio III, que presidía un sínodo en Tréveris, leyó un texto dictado por Hildegarda, presentado por el arzobispo Enrique de Maguncia.

El Papa autorizó a la mística a escribir sus visiones y a hablar en público, [y] desde aquel momento el prestigio espiritual de Hildegarda creció cada vez más, tanto es así que sus contemporáneos le dieron el título de «profetisa teutónica».

El sello de una experiencia auténtica del Espíritu Santo, fuente de todo carisma [es que] la persona depositaria de dones sobrenaturales nunca presume de ellos, no los ostenta y, sobre todo, muestra obediencia total a la autoridad de la Iglesia. En efecto, todo don que distribuye el Espíritu Santo está destinado a la edificación de la Iglesia, y la Iglesia, a través de sus pastores, reconoce su autenticidad.

Esta gran mujer «profetisa» también hoy nos habla con gran actualidad, con su valiente capacidad de discernir los signos de los tiempos, con su amor por la creación, su medicina, su poesía, su música que hoy se reconstruye, su amor a Cristo y a su Iglesia, que sufría también en aquel tiempo, herida también en aquel tiempo por los pecados de los sacerdotes y de los laicos, y mucho más amada como cuerpo de Cristo.


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