Desde La Cruz


Dios no se oculta a aquellos que lo buscan con un corazón sincero, aunque lo hagan a tientas, de manera imprecisa y difusa.

— San Juan Pablo II

Fulton J. Sheen

INTRODUCCIÓN

En la difusión de todo mensaje de importancia son necesarios tres elementos: una tribuna, un auditorio y una verdad. Estos tres elementos se encontraron reunidos en los dos mensajes más importantes de la vida de nuestro divino Salvador, el primero y el último que dio a los hombres. La tribuna de su primer mensaje fue la ladera de una montaña; su auditorio, galileos incultos; su verdad, las bienaventuranzas. El último mensaje tuvo por tribuna la cruz; por auditorio, los escribas y fariseos que blasfemaban, los sacerdotes del Templo que se mofaban, los soldados romanos que jugaban a los dados, los discípulos atemorizados que temblaban, María Magdalena que lloraba, Juan que amaba y María que sufría como sólo una madre puede sufrir. María Magdalena, Juan y María —penitencia, sacerdocio y pureza—, las tres clases de almas que se encuentran siempre junto a la cruz de Cristo. El sermón que este auditorio oyó desde la tribuna de la cruz fueron las siete últimas palabras, las palabras supremas del Salvador, que, muriendo, venció a la muerte.

En los cuatro mil años de historia judía solamente nos han sido conservadas las últimas palabras de tres hombres: Israel, Moisés y Esteban. La razón es que, sin duda, no existieron otras tan significativas y típicas. Israel fue el primero de los israelitas; Moisés, el primer legislador; Esteban, el primer mártir. Las últimas palabras de cada uno de ellos introducen algo sublime en la historia de las relaciones entre Dios y los hombres. Incluso las últimas palabras de Pedro, de Pablo o de Juan no nos han sido conservadas, porque ningún autor estuvo jamás inspirado para revelarnos los secretos escapados de sus labios en la hora de la muerte. Y, sin embargo, el corazón humano está siempre deseoso de conocer los pensamientos de un ser en la hora, a la vez, tan normal y misteriosa como la de la muerte.

En su divina bondad, Nuestro Señor nos ha dejado sus pensamientos en la hora de la muerte, porque, más que Israel, Moisés o Esteban, es el representante de toda la humanidad. Por eso llama a todos sus hijos en esta hora suprema alrededor de la tribuna de la cruz y cada una de las palabras que les dice se han conservado para nuestra enseñanza y consuelo permanentes. Jamás hubo un predicador comparable a Cristo moribundo. Nunca hubo un auditorio semejante al que se apretó junto a la tribuna de la cruz. Jamás se pronunció un sermón igual al de las siete palabras.

Estas siete palabras, al contrario de las que pronuncian los moribundos, no pasarán jamás. Hirieron los oídos de este vasto auditorio y su eco se escuchó más allá de la colina de Jerusalén, a través del laberinto de los espíritus humanos, llegando hasta despertar a los muertos en sus tumbas. Incluso ahora son acogidas por nuestros pobres corazones, que, una vez más, deben decidir si están dispuestos a dejarse seducir por el amor de esta Salvador. El Calvario es la nueva montaña de la tentación, y no es ya Satanás quien tienta a Cristo, sino Cristo quien nos tienta para atraernos hacia este Amor que no encontramos en todo otro amor.


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