Debemos perdonar siempre, recordando que nosotros mismos hemos necesitado el perdón. Tenemos necesidad de ser perdonados mucho más a menudo que de perdonar.

— San Juan Pablo II

 

Chus Villarroel O. P.

INTRODUCCIÓN

Cuando yo era un rapacín, por los años cuarenta arriba, poco después de la guerra civil española, corría alegre por mi pueblo, una pequeña aldea de unos trescientos habitantes, llamada Tejerina. Mi pueblo está incrustado, como un nido de águila, entre las rocas de la alta montaña leonesa. Corría por el pueblo, iba a la escuela, jugaba al futbol e iba a guardar vacas, jatos y cabras con el mismo jersey blanco. Era época de escasez y penurias y los armarios estaban despoblados de ropa. Yo nunca noté nada en mi jersey y me sentía absolutamente feliz. Tampoco me acuerdo de sufrir frío en medio de las copiosas nevadas que nos tapaban con frecuencia.

   

Un día, en la cocina de casa, le oí a mi abuela que le decía a mi madre: «Mujer, Felisa, tenemos que arreglar el jersey de este rapaz, se le cae a pedazos». Dicho y hecho. Me dieron una prenda de no sé quien como sustituto y se liaron las dos con mi jersey. Yo estaba muy atento a la operación. Mi madre deshizo la pieza y la convirtió de nuevo en lana. Vista dicha lana en el cesto, incluso a mí me pareció algo viejo, sucio e inservible. Pero no. Aquel tiempo era un tiempo de milagros. Una vez lavada y relavada, mezclándola con otra lana nueva y esponjosa le dio ocasión a mi abuela a que mediante la rueca y el huso sacara unos ovillos con un nuevo y radiante hilo. Lo demás fue coser y cantar. Al poco tiempo, con unos agujones muy grandes, me trenzaron un jersey que fue la admiración del pueblo.

Pues bien, querido lector, este libro que tienes entre manos es un digno émulo de mi viejo jersey de niño. Fue escrito hace quince años. Después de varias ediciones, al querer reeditarlo hace poco, nos ha sido imposible porque hasta la imprenta ha desaparecido. Se la ha llevado la crisis por delante. No obstante, yo estaba dispuesto a todo porque había suficiente demanda. Aproveché el impasse para corregirlo y actualizarlo. Mi sorpresa fue que, al releerlo, ya no me encontraba yo dentro de ese libro, no cabía en él, se me había quedado pequeño. ¿Qué hago?, me dije. No tengo más remedio que hacer uno nuevo.

Sin embargo, no podía traicionar al público que todavía lo estaba requiriendo. Incluso hubo gente que me decía que lo utilizaban como texto en sus grupos para formar a los nuevos que iban entrando. He tranquilizado a todos diciéndoles que iba a ser nuevo pero que conservaría lo mejor del antiguo. Y así lo he hecho. Es suficientemente nuevo para cambiarle incluso el título pero estoy seguro que podrá satisfacer todos los deseos de los antiguos.


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