El amor de Jesucristo me quita el gusto para todo, las criaturas no tienen atractivo alguno para mi, ni los ángeles ni los arcángeles pueden colmar las ansias de mi corazón, los rayos del sol, cuando contemplo el resplandeciente rostro de mi Amado, me parecen densas tinieblas.

— San Francisco de Asís

José Antonio Fortea

Extracto:

El coronel Dwight Patterson descansaba en su bañera. Veinte minutos de sosegado baño cada día antes de cenar, uno de los rituales diarios del coronel. El pecho de Patterson sobresalía recostado en la gran bañera circular de mármol azul situada en el centro del amplio aseo de su casa. El militar apoyaba sus cabellos plateados, su nuca, en el cojín dorado colocado a tal efecto a sus espaldas. Con los ojos cerrados Dwight escuchaba música de Gershwin. A su derecha, en el borde marmóreo de la bañera, una copa de cristal con vino de Madeira. A su izquierda, también a mano, Yo Claudio; de vez en cuando, no siempre, le gustaba leer mientras disfrutaba de su baño relajante. Varios ambientadores daban al aseo un agradable aroma a pino. Cuatro velas encendidas acababan de dar una nota de exquisito buen gusto al ambiente, casi de sofisticación.

El coronel gustaba mucho del agua. No tanto para beber, como para meterse en ella al final del día, antes de la cena. No sólo era su bañera, sino que un día a la semana iba a la inmensa piscina climatizada de la calle Hoffman. Lo del baño relajado, cada día o cada dos días, tenía pocas excepciones. El oficial era un hombre de rutinas, un amante de las costumbres, las cultivaba con delectación. Pero no tomaba esos baños prolongados todos los días, los fines de semana y a veces los viernes descansaba, pues como él siempre repetía a sus amigos oficiales del ejército: todo placer reiterado cesa de dar placer.

El rostro del militar de cincuenta y cinco años era una especie de mezcla entre la cara de Woodrow Wilson y las facciones de un aristócrata sueco. Es decir, un rostro que irradiaba distinción. Un rostro alargado coronado de canas, con unos párpados algo caídos que le daban la apariencia de perenne serenidad. Su papada, sus ojos clarísimos, sus ademanes, todo en él era noble. Su paso firme, su voz pausada y timbrada, marcando mucho las palabras, su altura de 1,92 m, le conferían el aspecto de alguien que mandaba, que estaba acostumbrado a mandar y que, además, lo hacía muy bien. Su mano nunca le había temblado a la hora de imponer las medidas más catonianas para restablecer la disciplina las pocas veces que había tenido que hacerlo. No obstante, su espíritu, siempre estaba inclinado a la magnanimidad. Su prestancia, su carácter férreo, todas las anteriores cualidades le hacían ser respetado por todos los oficiales bajo su mando.

Justo en el momento en que los violines y el piano entraban en un compás de andante en la grabación que escuchaba, el sonido interrumpido y agudo del timbre de la puerta le advirtió que alguien había llegado al rellano de su piso. Patterson alargó su brazo hacia su teléfono y sin salir del agua atendió al timbre de su puerta desde su teléfono.

-¿Sí? ¿Dígame?

-Policía Metropolitana, ¿podría abrirnos?

Patterson quedó sorprendido. La policía… ¿qué querrían?

-Sí, por supuesto. Pero tendrán que esperar unos momentos, me encuentro en el baño.

El militar salió del baño y sin enjuagarse la poca espuma que había quedado sobre su cuerpo, esbelto a pesar de encontrarse cerca de los sesenta años, se puso encima su albornoz de algodón. Así, con el albornoz blanco que le llegaba hasta los tobillos y que ostentaba sus iniciales doradas, abrió la puerta.

-Buenas tardes, ¿en qué puedo ayudarles?

Cuatro policías con sus uniformes oscuros y pesados, cubiertos de acolchadas placas negras de protección, en los que relucían sus aceradas rectangulares insignias del Departamento con su número de identificación, escoltaban a su obeso sargento.


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