Dios se deja conquistar por el humilde y rechaza la arrogancia del orgulloso.

— San Juan Pablo II

Cardenal Robert Sarah

PROLOGO

¿Por qué ha querido el cardenal Sarah dedicar un libro al silencio? Hablamos por primera vez de este gran tema en abril de 2015. Volvíamos a Roma después de pasar unos días en la abadía de Lagrasse.

En este magnífico monasterio, entre Carcasona y Narbona, el cardenal visitó a su amigo el hermano Vincent. Destrozado por una esclerosis múltiple, el joven religioso sabía que estaba llegando al final de su vida. Inmovilizado en plena juventud, clavado al lecho de la enfermería, condenado a implacables protocolos médicos, hasta el aliento más débil le suponía un ímprobo esfuerzo. El hermano Vincent-Marie de la Resurrección vivía ya en esta tierra inmerso en el gran silencio del Cielo.

El primer encuentro tuvo lugar el 25 de octubre de 2014. Ese día marcó profundamente al cardenal Sarah, quien descubrió de inmediato a un alma ardiente, a un santo escondido, a un buen amigo de Dios. Imposible olvidar la fuerza espiritual del hermano Vincent, su silencio, la belleza de su sonrisa, la emoción del cardenal, las lágrimas, el pudor, los sentimientos encontrados… El hermano Vincent era incapaz de pronunciar una sola frase, pues la enfermedad había acabado privándole del uso de la palabra. Solamente podía alzar la mirada hacia el cardenal. Solamente era capaz de mirarlo fijamente, dulcemente, amorosamente. Los ojos teñidos de púrpura del hermano Vincent tenían ya el color de la eternidad.

Ese día soleado de otoño, al salir de la pequeña habitación donde los canónigos y los enfermeros se turnaban incansablemente con una abnegación extraordinaria, el padre Emmanuel-Marie, abad de Lagrasse, nos llevó a los jardines del monasterio, junto a la iglesia. Necesitábamos recobrar el aliento para aceptar la voluntad silenciosa de Dios, ese plan oculto que se llevaba inexorablemente a un religioso joven y bueno, con el cuerpo martirizado, a orillas desconocidas.

El cardenal regresó varias veces para orar junto a su amigo el hermano Vincent. El estado del enfermo no paraba de deteriorarse, pero la calidad del silencio que sellaba el diálogo de un ilustre prelado y un sencillo canónigo crecía de un modo cada vez más sobrenatural. Cuando se encontraba en Roma, el cardenal llamaba con frecuencia al hermano. Uno hablaba con dulzura y el otro guardaba silencio. Unos días antes de morir, el cardenal Sarah habló una vez más con el hermano Vincent. Pudo escuchar su respiración, ronca y discordante, los embates del dolor, los últimos esfuerzos de su corazón, y darle su bendición.

El domingo 10 de abril de 2016, cuando el cardenal Sarah asistía en Argenteuil a la clausura de la exposición de la túnica sagrada de Cristo, el hermano Vincent entregó su alma a Dios rodeado del padre Emmanuel-Marie y de su familia. ¿Se puede comprender el misterio del hermano Vincent? Después de tantas pruebas, el final del camino fue apacible. Los rayos del paraíso atravesaron sin ruido las ventanas de su habitación.

Durante sus últimos meses de vida el joven enfermo rezó mucho por el cardenal. Los canónigos que se ocupaban en todo momento del hermano están convencidos de que siguió con vida algunos meses más para cuidar mejor de Robert Sarah. El hermano Vincent sabía que los lobos estaban al acecho, que su amigo le necesitaba, que contaba con él.

Esta amistad nació en el silencio, creció en el silencio y continúa existiendo en el silencio.


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