San Manuel González García

PRÓLOGO

Si no lo vedara la concisión de los títulos de los libros, éste que viene a tus manos, lector anónimo, debiera titularse “Cómo por el Arte y la Liturgia se va a la Piedad».

Este titulo te dice por anticipado y en compendio cuanto te quieren descubrir las ligeras páginas de este librillo, a saber: que la Liturgia católica, esa gran alabadora de Dios y maestra eximia de alabanzas a gusto de El, no se ha dignado coger de la mano al Arte (así, con mayúscula, y en general, o sea, todas las artes bellas y buenas) e introducirlo en el templo y llevarlo hasta el Altar mismo del Sacrificio augusto y al Tabernáculo en donde mora la Majestad soberana para erigirlo en ídolo que robe las alabanzas que sólo se deben a Dios ni para que las comparta con El, sino para que alabe, ayude, enseñe y excite a alabar a Dios.

Para ese solo fin ha abierto la Liturgia las puertas de sus templos al martillo y al buril, al pincel y a la lira, al pentagrama y al órgano, para alabar, cada cual a su modo, y mover a alabar diestra y sabiamente la gloria de Dios, el psallite sapienter de los Salmos.

¡Qué historia tan gloriosa la del Arte litúrgico! ¡Qué oficios tan honrosos los que ha ejercido y ejerce!

A poco que se extienda la vista por nuestras Catedrales y Abadías y recoja el alma un poco de lo que bajo sus bóvedas y en los rincones de sus capillas se ve, se oye, se huele, se recuerda, se admira, se siente y se presiente, ¡cómo se encuentra uno con el Arte misionero de pecadores, historiador de gestas gloriosas, premiador de proezas y heroísmos, estimulador de virtudes, aliviador de pesadumbres y cantor, siempre y esencialmente cantor de alabanzas de Dios!

¿Quién, fuera de los Angeles de la Guarda, podría contar las lágrimas de arrepentimiento y de fervor arrancadas por la audición de los cánticos sagrados y la contemplación de los Cristos crucificados, y las emociones de dolor y de gozo, de ardimiento y serenidad, de remordimiento y alegría suscitados por las majestuosas ceremonias de la Liturgia solemne y aun por los ritos devotamente celebrados de una Misa rezada, por los acordes de los órganos, por la luz tamizada por las imaginerías de las vidrieras, por el alegre o triste tañido de las campanas, por el resplandor modesto de los cirios y el aroma casto del incienso y por tantos y tantos servicios obtenidos del Arte por la Liturgia?

Y ¿cuántas preparaciones misteriosas de conversiones, aspiraciones, vocaciones y elevaciones podrían contarnos las ojivas y retablos de nuestras Catedrales, los Cristos de Montañés, las Inmaculadas de Murillo, las notas de los Misereres y Te Deum, de los Glorias y Credos del Arte Litúrgico? ¡Cómo a través de la historia de las almas se ha visto por encima o por dentro de todo eso cabalgar a la Gracia de Dios, que es la única elevadora y convertidora de verdad!


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