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El maravilloso secreto de las almas del purgatorio

Emmanuel Maillard

Introducción

El cómo y el porqué de estas páginas

Hace unos años tuve ocasión de leer, con gran interés, un libro sobre las almas del Purgatorio. Me quedé muy impresionada, ya que contenía varios testimonios y además explicaba muy bien la doctrina de la Iglesia sobre este tema. Se trataba de un libro de María Simma, una mística austriaca.

Rápidamente escribí al editor, que me contestó que María Simma estaba todavía viva.

Así que me puse en contacto con ella y aceptó verse conmigo y contestar a mis numerosas preguntas.

Me alegré mucho, ya que cada vez que en la iglesia o en alguna conferencia había tenido ocasión de hablar de las almas del Purgatorio, había observado un claro e inimaginable interés por parte de los oyentes. Siempre me pedían que siguiera hablando del asunto. Si insinuaba concluir la charla, me insistían para que siguiera contándoles cosas sobre estas almas.

También hay que decir que se trata de temas de los que apenas se habla en las parroquias o en la catequesis dominical; en la práctica, casi nunca se habla de esto, aunque exista un gran vacío y una gran ignorancia acerca del tema e incluso cierta angustia frente a las realidades ultraterrenas.

El presente libro tiene como fin no solo ayudarnos a vencer dicha angustia, sino también ayudarnos a comprender y a aclarar que, en realidad, el proyecto de Dios sobre nosotros y sobre el más allá que nos espera es realmente un proyecto magnífico y especialmente entusiasmador. Mientras estemos en la Tierra tenemos en nuestras manos un poder inmenso: el poder de donar la felicidad a las almas de nuestros difuntos y también el de lograr la paz para nosotros.

María Simma vivía sola en su casita de Sonntag, un agradable pueblecito de montaña situado en la región de Voralberg, en Austria.

Pero, ¿quién era María Simma? Nació el 5 de febrero de 1915 en Sonntag, en un extremo del valle de Grosswalsertal, en Austria. Debido a la pobreza de su familia, los hermanos se tuvieron que poner a trabajar desde muy jóvenes: los chicos como obreros y las chicas como sirvientas. María se reveló pía desde que era niña. Quería ser monja, pero tres veces la devolvieron a casa desde el convento, a causa de su débil constitución. Desde la muerte de su padre, en 1947, se quedó viviendo sola en la casa paterna. Para mantenerse, realizaba trabajos de jardinería. Sus tres estancias en el convento la habían formado, preparándola para su apostolado en favor de las almas del Purgatorio. Hizo voto de virginidad a la Madre de

Dios y también se ofreció a Dios, haciéndole voto de «alma víctima» de amor y expiación.

Era una ferviente católica, muy humilde y extremadamente sencilla. En su tarea de apostolado había sido animada por el rector de su parroquia. No obstante el aspecto extraordinario de su carisma, vivía en una gran pobreza, hasta el punto de que en el cuchitril donde me recibió apenas había espacio para girar la silla.

¿Carisma extraordinario? Sí, pero en realidad tiene sus orígenes en la historia de la Iglesia: efectivamente, fueron muchos los santos (canonizados o no) que lo ejercieron. Por ejemplo, podemos recordar a Santa Gertrudis, Santa Catalina de Génova —que escribió mucho sobre este asunto—, María Ana de Jesús, Santa Margarita María de Alacoque —que tuvo la visión del Sagrado Corazón—, el Santo Cura de Ars, San Juan Bosco, la Beata Maryam de Belén, Natuzza Evolo de Paravati, Don José Tomaselli y otros muchos. Analizando los testimonios de estos santos podremos comprobar que dicen todos, absolutamente todos, las mismas cosas. Por su parte, María Simma no hace más que revivir esos estupendos testimonios.

Por eso no dudé en entrevistarla, al estar disponible. Como podréis imaginar, la «sumergí» en preguntas. Me «aproveché» de ella (utilizando un intérprete).

Para no hacer este capítulo demasiado pesado, en parte resumiré yo misma las respuestas de María Simma y en parte transcribiré sus palabras, traducidas.

De vez en cuando también apostillaré con mis comentarios personales.

La Biblia nos habla….

«Todos bendijeron el proceder del Señor, el justo Juez, que pone de manifiesto las cosas ocultas, e hicieron rogativas pidiendo que el pecado cometido quedara completamente borrado. El noble Judas exhortó a la multitud a que se abstuviera del pecado, ya que había visto con sus propios ojos lo sucedido a causa de su pecado a los caídos en el combate. Y después de haber recolectado entre sus hombres unos dos mil dracmas, los envió a Jerusalén para que se ofreciera un sacrificio por el pecado. El realizó este hermoso y noble gesto con el pensamiento puesto en la resurrección, porque si no hubiera esperado que los caídos en la batalla fueran a resucitar, habría sido inútil y superfluo orar por los difuntos. Además, él tenía presente la magnífica recompensa que está reservada a quienes mueren piadosamente, y este es un pensamiento santo y piadoso. Por eso mandó ofrecer el sacrificio de expiación por los muertos, para que fueran librados de sus pecados»

(2 Macabeos 12, 41-45).


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