Nikos Kazantzakis

Introducción

¿Recuerdas, padre Francisco, a este indigno que hoy toma la pluma para escribir tus hechos y tus gestos? Yo era un mendigo humilde y feo el día de nuestro primer encuentro. Humilde y feo, hirsuto el pelo de la nuca a las cejas, cubierto el rostro de barba, temerosa la mirada. En vez de hablar, balaba como un cordero. Y tú, para burlarte de mi fealdad y mi humildad, me apodaste hermano León. Pero cuando te conté mi vida, te echaste a llorar y me dijiste, atrayéndome a tus brazos:

—Perdona que me haya burlado de ti llamándote león; porque ahora veo que eres un verdadero león, y lo que persigues sólo un león verdadero podría perseguirlo.

Yo iba de monasterio en monasterio, de aldea en aldea, de desierto en desierto, en busca de Dios. No me casé, no tuve hijos porque buscaba a Dios. Olvidé comer el mendrugo de pan y el puñado de aceitunas que me daban porque iba en busca de Dios.

Tenía seca la garganta a fuerza de pedir, hinchados los pies a fuerza de caminar. Me cansé de llamar a las puertas para mendigar, primero mi pan, después una palabra de bondad, al fin la salvación. Todo el mundo se burlaba de mí y me llamaba simple de espíritu. Me zarandeaban, me expulsaban, ya no podía más. Aprendí a blasfemar. Después de todo, soy un hombre; estaba cansado de caminar, de tener hambre y frío, de llamar a las puertas del cielo sin recibir nunca respuesta. Una noche, en el colmo de la desesperación, Dios me tomó de la mano. Padre Francisco, también a ti te había tomado de la mano, y así nos encontramos.

Y ahora, sentado ante el ventanuco de mi celda, miro las nubes primaverales. En el patio del claustro, el cielo está bajo; llueve suavemente; la tierra huele bien. Los limoneros están floridos, a lo lejos canta un cuclillo. Todas las flores ríen, porque Dios se ha hecho lluvia y llueve sobre el mundo. ¡Qué dulzura, Señor, qué felicidad! ¡Cómo se confunden la lluvia y la tierra, el olor del estiércol y el del limonero, con el corazón del hombre! En verdad, el hombre es de tierra y por eso se regocija tanto como ella con esa tranquila y acariciadora lluvia de primavera. El agua del cielo riega mi corazón que se hiende para que crezca en él un retoño y surjas tú, padre Francisco.

Padre Francisco, en mi florece la tierra toda, ascienden los recuerdos, la rueda del tiempo se mueve hacia atrás y así resucitan las horas santas en que recorríamos juntos los caminos de la tierra, tú al frente y yo pisando tus huellas, en el terror.

¿Recuerdas nuestro primer encuentro? Fue una noche de agosto. Acababa de llegar a Asís, la famosa. Había luna llena, el hambre me hacía vacilar… Muchas veces —a Dios se lo agradezco— había gozado de la noble ciudad, pero esa noche me pareció diferente, irreconocible. Casas, iglesias, torreones, ciudadela, bogaban bajo un cielo malva, en medio de un mar de leche.

Cuando entré, hacia el crepúsculo, por la nueva puerta de San Pedro, una luna perfectamente redonda se levantaba, roja, pacífica como un sol amable, y difundía su luz en cascadas silenciosas desde la fortificación de la Rocca hasta los techados de las casas y los campanarios, transformando las callejas en arroyos y haciendo desbordar de leche los zanjones. Los rostros de los hombres resplandecían, como iluminados por el pensamiento de Dios. Transportado, me detuve e hice la señal de la cruz, preguntándome si era ésa, en verdad, la ciudad de Asís, la ciudad de las casas, los campanarios y los hombres, o si había entrado, antes de morir, en el Paraíso.


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