Ver o perecer mística de ojos abiertos

Benjamín González Buelta, S.J.

Introducción

Las épocas de grandes cambios que han estremecido a los pueblos y a la Iglesia han sido también tiempos de grandes místicos que han percibido a Dios de manera nueva, mucho más honda y significativa para los tiempos nuevos. La nueva propuesta de Dios se acerca a la historia en los momentos de fermentación y la fecunda con su oferta impredecible.

La secularización, que tiende a sacar a Dios de los espacios públicos y a apagar el significado de los signos religiosos que encontramos en calles, campos y museos, nos está llevando a trabajar nuestra mirada contemplativa para disolver las cáscaras de la realidad y descubrir así la presencia activa de Dios de una manera mucho más honda y viva que los nombres de santos colocados en las esquinas de las calles o las estatuas de piedra en las fachadas de las catedrales.

El acercamiento a las grandes mayorías oprimidas del planeta, en medio de los mecanismos del mercado neoliberal globalizado y de las estructuras injustas de cada pueblo, nos permite encontrarnos con Dios en el fondo de la miseria como una presencia de dignidad y de vida irreductible que afirma la necesidad de una liberación plena.

El conocimiento más respetuoso de nuevas culturas y religiones nos está ofreciendo una experiencia gozosa de Dios mucho más amplia, inclusiva, de toda la humanidad, pues todos somos hijos e hijas del Padre, y Dios vive su paternidad incesante, original y creativa con cada persona de maneras sorprendentes.

No es el momento de paralizarnos en el lamento reiterativo por los malos tiempos que vivimos, porque perdimos en muchos sitios los espacios privilegiados de la sociedad y a veces hemos sido desplazados a las orillas del reconocimiento social y del poder. Desde los desiertos y los márgenes han salido en muchas ocasiones las nuevas visiones de Dios y del futuro.

Es tiempo de abrirnos a una nueva experiencia de Dios, para ser los testigos alegres y esperanzados de formas nuevas de experimentarlo como el Dios que nos integra, precisamente cuando estamos plenamente integrados en esta realidad dura y fragmentada que no siempre acepta la imagen de Dios que les hemos presentado en el pasado. Desde la novedad de Dios intentamos vivir y crear con esperanza el futuro de todos.

Necesitamos crear con la mirada contemplativa los nuevos espacios en los que nos comprometemos al servicio de la vida evangélica, para experimentar a Dios de manera nueva. No nos resignamos a leer la realidad a través de las «imágenes seducidas» que cada día llegan a nuestros sentidos desde los medios de comunicación, se adentran en nuestra intimidad y se disfrazan en nuestras entrañas para apoderarse de nuestros sentimientos y decisiones. Necesitamos una nueva sensibilidad para percibir a Dios y su acción en este mundo, sabiendo que no pretendemos solamente hacer un nuevo discurso sobre Dios, sino ser auténticas imágenes de Dios, como su Hijo Jesús. Ser una imagen de Dios en esta cultura de la imagen es el destino que está inscrito en lo más hondo de cada persona desde el primer día de la creación (Gn 1,26) y despierta en nosotros dinamismos audaces de integración personal y de futuro común.


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